Bender Carvajal
Poeta recién llegado
No dejes sólo la pasión húmeda de la tarde
ni el desenfreno ardiente del sol cayendo…
Regálame también el sosiego de la noche,
la mudez de la lluvia palideciendo
el sonido metálico de Santa Isabel.
Quédate conmigo
y con la noche de todas nuestras partidas
veremos el amanecer sofocante
de una ciudad muerta en la vida de sus habitantes.
Quédate como el otoño,
con las hojas de tu piel desangrándose
sobre las palmas de mi sexo
que es el arco iris acabando en ti.
Quédate con el incienso de tu cuerpo
para no enloquecer mientras me acosa el alejamiento
y el no tenerte por el resto de las horas.
Quédate como una pira funeraria
en este cementerio de huesos rotos,
de pulmones vacíos y de voz languidecida
por el efecto de tu nombre que muerdo como negándome al repudio…
No me dejes la afonía
donde los sonidos de tus huesos agrietándose
me hicieron naufragar
con la letanía de encontrarme entre sábanas húmedas
y espacios vacíos…
Nada de ti queda, sólo tu partida
despojada en besos de no quererte ver salir.
Quédate o déjame por lo menos la madrugada,
trozo de las horas en que te maldigo
por tu carencia asesina,
maldita dueña de mis tardes
y del hambre con que te hago mía.
Quédate o déjame el silencio
quinientas tres mil veces confinado
a la sombra de tu sombra
y al aroma de tu aroma
que se roba y tortura
casi el alma de mi alma…
Quédate o déjame la vida
en la medida justa de los años
que para tenerte he matado
con razón injusta
todo el resto de mis años.
Déjame la hierba
y el aroma de tu jardín
que he poblado sin reproches
para ser el dueño de tu rosal,
y como un látigo
grabaré consignas
en el sitio prohibido
donde he anidado mi semilla.
Déjame por lo menos la noche… maldita,
déjame el sueño y la porfía,
que con tus pechos en mi boca
siniestra y agrietada
he lamido la ceguedad
de tus ojos en golondrina.
Más no me dejes
el calor
que si con la nostalgia de tu cuerpo
la noche se hace fría,
irritante y sin amor…
ni el desenfreno ardiente del sol cayendo…
Regálame también el sosiego de la noche,
la mudez de la lluvia palideciendo
el sonido metálico de Santa Isabel.
Quédate conmigo
y con la noche de todas nuestras partidas
veremos el amanecer sofocante
de una ciudad muerta en la vida de sus habitantes.
Quédate como el otoño,
con las hojas de tu piel desangrándose
sobre las palmas de mi sexo
que es el arco iris acabando en ti.
Quédate con el incienso de tu cuerpo
para no enloquecer mientras me acosa el alejamiento
y el no tenerte por el resto de las horas.
Quédate como una pira funeraria
en este cementerio de huesos rotos,
de pulmones vacíos y de voz languidecida
por el efecto de tu nombre que muerdo como negándome al repudio…
No me dejes la afonía
donde los sonidos de tus huesos agrietándose
me hicieron naufragar
con la letanía de encontrarme entre sábanas húmedas
y espacios vacíos…
Nada de ti queda, sólo tu partida
despojada en besos de no quererte ver salir.
Quédate o déjame por lo menos la madrugada,
trozo de las horas en que te maldigo
por tu carencia asesina,
maldita dueña de mis tardes
y del hambre con que te hago mía.
Quédate o déjame el silencio
quinientas tres mil veces confinado
a la sombra de tu sombra
y al aroma de tu aroma
que se roba y tortura
casi el alma de mi alma…
Quédate o déjame la vida
en la medida justa de los años
que para tenerte he matado
con razón injusta
todo el resto de mis años.
Déjame la hierba
y el aroma de tu jardín
que he poblado sin reproches
para ser el dueño de tu rosal,
y como un látigo
grabaré consignas
en el sitio prohibido
donde he anidado mi semilla.
Déjame por lo menos la noche… maldita,
déjame el sueño y la porfía,
que con tus pechos en mi boca
siniestra y agrietada
he lamido la ceguedad
de tus ojos en golondrina.
Más no me dejes
el calor
que si con la nostalgia de tu cuerpo
la noche se hace fría,
irritante y sin amor…
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