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¿Quién pudiera saber
qué se esconde del sol detrás de cada piedra?
¿Qué alada decepción le quiebra la sonrisa en un gemido?
¿Qué, detrás del espejo, confunde su pureza, la desviste de calma
para vestir de fiebre su tristeza?
¿Cómo, en la dulce brisa del espíritu, se cuela el grito helado de un invierno
que revienta en la sangre
los pétalos ajados de la vida?
Esa niña de pájaros en vuelo naciendo de la risa,
esa niña de manos codiciosas buscando en los jazmines su inocencia
¿También se ha vuelto piedra,
o es la que canta al pie de cada verso?
Una guerrera aún la desafía a probar que no ha muerto
aquella sed erguida en la mirada, cuando el tiempo era el trigo
por cosechar, y le danzaba el fuego
en el turgente anhelo de los labios.
Aunque la guerra se inició en su sangre y supo de los sueños que se agolpan
sobre un puente alfombrado de cristales
y caen
confundidos, a un abismo
donde la carne aprieta y los devora.
¿Quién sabe cuantas trémulas partículas de una mujer se aprietan en la piedra
si tal vez ni ella sabe como llenó su aliento de vacío?
¿Por qué la sombra le arrancó de cuajo cada promesa y toda la bravura
que le heredara un dios no conocido
más que por las mentiras de su boca?
¡Y saberse de infiernos fagocitando el día!
¡Y saberse de luces en la hiel de su pecho!
¡Y saberse mil veces
en mil lenguas de llanto hirviendo en las entrañas!
Ser un juguete roto,
siempre cayendo, errante,
en las manos de todos y de nadie
Sin asidero firme ni en los instintos ni en la piel del sueño.
¿Se sentirá el silencio de las piedras cuando lloran azules nunca vistos?
¿Ella sabrá, tal vez, si alguien le llora las manos sin caricias,
los despertares en la sed más honda
dibujando con tintes invisibles la que quisiera ser la que no es nunca?
Sólo un burdo remedo de sí misma:
Dos dimensiones para la agonía y luego, nada. Grises y terrores.
¡Y más grises y más brutal condena del miedo de vivir estando anclada,
recostada en la orilla de un camino por el que todos pasan sólo pasan
sin oírle los gritos o los besos!
Amores imposibles, distantes, malheridos, que la aferran con lazos pestilentes.
Pero son tantos, siempre, los rostros de la piedra
¡Son tantos! Y tan pocos los que suben
a entibiarle las grietas con su aliento,
a encender algo más
que sus miserias.
¿Alguien sabrá qué monstruos se esconden tras los ojos de alabastro
que apenas pueden ocultar la hondura
lujuriosa, el hambre de ese centro
candente entre los muslos de un ángel mal tallado?
¿Qué mujer cotidiana le pule las heridas por las noches
después de haber saciado al fruto de su vientre con su canto?
¿Cuál el dulce tesoro que roba sus suspiros?
¿Quién la luz que la invita a despertar mañana?
¡Cuantos motivos puede hallar la piedra para no ser del polvo desahuciado!
¿Cuánta belleza ve desde su cárcel?
Si sueña con demonios y los llama para vivir a plenos sus abismos
y encenderse de infiernos en el vientre del alma,
En el alma del vientre
En los instintos
Y luego los alcanza en los rincones de una noche perfecta
¿Quién podría juzgarla?
¿Quién de todos aquellos que no llegaron a buscar sus ojos?
Que aunque lava o tormenta en la mirada,
aunque pieles en llamas,
Ella es de soledad
Ella es de sombras
Ella regresa al lecho de la muerte
¡La única que abraza con certeza!
Ha de llevar la marca del infinito amor sobre su rostro
y aún así
lo soltará en las aguas de otro tiempo
¡En la piedra no cabe ninguna eternidad, sólo la umbría que le va en el alma!
¡No lo preguntes nunca!
¿Quién podría saber lo que ella ignora?
Si es que hay una mujer, una de tantas
que cada noche aturde sus deseos en la voz de las lágrimas.
Una fiera enjaulada por sus propias pasiones,
predadora inclemente de su sangre.
Un alma debatiéndose en las ruinas de lo que nunca ha sido,
sino en su fantasía
o alguna distorsión de los recuerdos.
Una niña que quiso ser princesa y se quedó descalza en los jardines
y cree que los brezos son sus rosas,
y cree aunque sangre ¡Siempre cree!
Las siamesas del odio y el encanto hiriéndose a si mismas,
quebrándose sin tregua en sus adentros.
La que condena tras de los espejos
La que ama los caireles de la noche
Que oculta en los silencios, o en su frío,
su vocación de árbol deshojado, su deseo de no ser de diluirse
en la nada perpetua,
volverse del azul hasta el vacío
sin las alas utópicas de un ángel cansado de ser Ella sólo piedra
¿Quien pudiera saberlo? ¿Quién querría?
Créeme. Y por piedad no lo preguntes.
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:: ) ahhhhhhhhhhhhh! Y la oscuridad crece, mi ego se altera, las sombras de mi reino roban el poder, la gracia que me dio Iluvatar, me estoy humanizando!! y como no, con estas estrellas paralizando la pupila, diciendome el arte del estar sobre los sueños en concilio con la unica verdad, yo, yo y yo y todas las maravillas que surgen en mi entorno, como vos y tu bellisima legion de estrellas... Me quedo asi: ::
:: jojojo, por la sonrisa de satisfaccion, porq me gustan los lentes y por la necesidad de ellos ante lo que deslumbra... Es genial este poema, tanto, tanto y tanto que deje Angband y me puse a mirar el fulgor del cielo, el tuyo...
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::Pedro queridísimo: Se ve diferente así sin el video, verdad? En él no parece taaaannnn larguísimo, jajaj.
TE quiero mucho, un beso.::::
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