Bender Carvajal
Poeta recién llegado
y despertar del otro lado
de las ciénagas,
por encima de los arcoíris,
bajo un sol abrazador
de pieles a las que mi espíritu
se rinda como una estatua,
quiero volver a despertar
con la mirada empañada
de tu desnudez incomprendida,
lamer la ropa donde fuiste aroma,
sentarme en la vereda de tu ensueño
y fornicar con la sombría calle
mientras apareces
como una luz
desde las barricadas por Santo Domingo.
Quiero abdicar la costumbre
de beber solo, de llorar triste,
de hacerme al humo,
de lavar los platos limpios,
y de quitar los hongos
a estas manos enmohecidas
de tanto tocarte en el vacío.
Quiero volver a verme queriendo,
a echar palomas en picada
por la Amazonía de tus rincones
y a ponerle apodos a las horas inútiles
para entretenerme
mientras te espero.
Quiero volver a tus pechos
de mujer sin pretextos,
al equilibrio de las colinas maternas,
al sabor de tu carne
de la que sigo enamorado
como un loco siniestro y malhumorado.
Quiero poner a tus pies
los atajos de todas las rutas
que lleven a tu cuerpo,
volver a saberte mía
todopoderosa
y no tener que andar de vago
por los asteroides
que dispara tu indiferencia
contra mi vida,
volver a tu boca amablemente,
a tu cintura rabiosa,
a tu vientre de núcleo, y al sabor
de tus empeines
derrotados contra mi pelo.
Quiero verme queriendo
lo que he amado toda la vida,
sin andar de insultos
con esta mañana
en que se derrumba
una madrugada con distemper,
y volver a ponerme de ti tus párpados,
tus manos y tu sexo,
calzar en tu boca
y sentir la mordedura en el pecho.
Quiero verme queriéndote
sólo una vez
como un buque
en el muelle de tus piernas
y saber que así he zozobrado
por doquier en este océano
de puertos insuficientes
y derrochado.
de las ciénagas,
por encima de los arcoíris,
bajo un sol abrazador
de pieles a las que mi espíritu
se rinda como una estatua,
quiero volver a despertar
con la mirada empañada
de tu desnudez incomprendida,
lamer la ropa donde fuiste aroma,
sentarme en la vereda de tu ensueño
y fornicar con la sombría calle
mientras apareces
como una luz
desde las barricadas por Santo Domingo.
Quiero abdicar la costumbre
de beber solo, de llorar triste,
de hacerme al humo,
de lavar los platos limpios,
y de quitar los hongos
a estas manos enmohecidas
de tanto tocarte en el vacío.
Quiero volver a verme queriendo,
a echar palomas en picada
por la Amazonía de tus rincones
y a ponerle apodos a las horas inútiles
para entretenerme
mientras te espero.
Quiero volver a tus pechos
de mujer sin pretextos,
al equilibrio de las colinas maternas,
al sabor de tu carne
de la que sigo enamorado
como un loco siniestro y malhumorado.
Quiero poner a tus pies
los atajos de todas las rutas
que lleven a tu cuerpo,
volver a saberte mía
todopoderosa
y no tener que andar de vago
por los asteroides
que dispara tu indiferencia
contra mi vida,
volver a tu boca amablemente,
a tu cintura rabiosa,
a tu vientre de núcleo, y al sabor
de tus empeines
derrotados contra mi pelo.
Quiero verme queriendo
lo que he amado toda la vida,
sin andar de insultos
con esta mañana
en que se derrumba
una madrugada con distemper,
y volver a ponerme de ti tus párpados,
tus manos y tu sexo,
calzar en tu boca
y sentir la mordedura en el pecho.
Quiero verme queriéndote
sólo una vez
como un buque
en el muelle de tus piernas
y saber que así he zozobrado
por doquier en este océano
de puertos insuficientes
y derrochado.
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