Q u i s e s a l v a r m i c a s a .
Quise salvar mi casa, desde lo hondo de sus esperanzas,
desde la sabiduría de sus cimientos, desde sus tablas viejas,
pero sobre todo desde la fuerza de sus suspiros, de sus sueños ensemillados.
Y levanté mi casa, la tomé de la costa, la rescaté de entre las rocas y las mareas,
la sané en su memoria, limpié sus rasguños, volví a su centro cada tabla adolorida.
Y levanté mi casa para darle mejor vida,
o incluso para pensar en darle una mejor muerte.
No quiero verla abofeteada por las olas, tironeada por los vientos,
ridiculizada por tanta ave que excreta, como muchos su rabia.
Quise salvar mi casa, levantarla de tanta chatura, rescatar sus huesos y sus sueños.
Toda ella quería abrirse,
soñaba con dejar sus paredes y poner en cada una de ella,
puertas, sólo puertas, como amplias y traslúcidas avenidas.
Y una mañana levanté mi casa y me propuse transformar sus paredes en puertas,
una puerta al lado de otra, un gozne junto al otro.
¡Cómo iluminaba nuestra casa!
Se hizo de todos, abierta y madre, con pan y mesa puesta.
Nuestra casa se hizo niña y sus viejas vigas le recordaban el tiempo del aserradero,
cuando recién sus duras ramas se rotulaban como madera noble y de servicio.
Nuestra casa se hizo mundo, con una frontera breve entre ella y el universo,
con sonidos de estrellas, con luces de agua.
Nuestra casa se hizo aventura, con pájaros
observando sus escaleras que soñaban con llegar al cielo.
Quise salvar mi casa, desde lo hondo de sus esperanzas,
desde la sabiduría de sus cimientos, desde sus tablas viejas,
pero sobre todo desde la fuerza de sus suspiros, de sus sueños ensemillados.
Y levanté mi casa, la tomé de la costa, la rescaté de entre las rocas y las mareas,
la sané en su memoria, limpié sus rasguños, volví a su centro cada tabla adolorida.
Y levanté mi casa para darle mejor vida,
o incluso para pensar en darle una mejor muerte.
No quiero verla abofeteada por las olas, tironeada por los vientos,
ridiculizada por tanta ave que excreta, como muchos su rabia.
Quise salvar mi casa, levantarla de tanta chatura, rescatar sus huesos y sus sueños.
Toda ella quería abrirse,
soñaba con dejar sus paredes y poner en cada una de ella,
puertas, sólo puertas, como amplias y traslúcidas avenidas.
Y una mañana levanté mi casa y me propuse transformar sus paredes en puertas,
una puerta al lado de otra, un gozne junto al otro.
¡Cómo iluminaba nuestra casa!
Se hizo de todos, abierta y madre, con pan y mesa puesta.
Nuestra casa se hizo niña y sus viejas vigas le recordaban el tiempo del aserradero,
cuando recién sus duras ramas se rotulaban como madera noble y de servicio.
Nuestra casa se hizo mundo, con una frontera breve entre ella y el universo,
con sonidos de estrellas, con luces de agua.
Nuestra casa se hizo aventura, con pájaros
observando sus escaleras que soñaban con llegar al cielo.