Rigel Amenofis
Poeta que considera el portal su segunda casa
Para el amor más tierno y dulce de mi vida
Quisiera hallar la expresión o vocablo que enunciara
la grandeza de mi amor por ti, pero tal palabra
no existe, fervor igual no cabe en la sutil frase
te amo, quizá en las estrellas acaso en todas las rosas,
pues este amor rebasa los confines de mi espíritu.
Llegaste una tarde cálida, ajena al canto de vida,
y así, inesperadamente comencé a quererte,
ansiaba resistir ante tu insuperable embate,
empero, ante el sortilegio de tus ojos y primor
solo existía una opción: amarte con frenesí.
Si alguna ocasión el cielo estuvo cerca de mí
fue en ese bello tiempo cuando te veía a diario,
cada tarde al separarnos, comenzaba a contar
las gotas de la clepsidra que faltaban para verte,
percibir tu coqueto, tus guiños, tu rostro pícaro
de niña linda adornado por tu sonrisa de luz.
Los segundos transcurridos cerca de ti
eran momentos de intensa felicidad,
quería depositar este afecto entre pétalos,
alumbrarlo con estrellas, gritarlo en todas las lenguas...
Qué delicia tan inmensa era escucharte cantar,
advertir como tus manos, tus manitas de azucena
se perdían entre las mías cuando las acariciaba,
mayor gozo eran tus labios, tus besos de seda y sol.
Entonces, fruta del iris, de paloma te trocaste
en querube, nos hablábamos sin palabras, con miradas;
nuestras almas eran una, me decías soy tu musa,
la dicha, el amor nítido, soy la reconciliación
de tu ajada existencia, soy mensajera de Dios
y te amo con la pasión de mi juvenil edad.
Alteraste por completo mis conceptos, trastocaste
mis sentimientos, me diste una idea de belleza
y ternura vinculada únicamente a tu risa,
a tu presencia, a tu boca, al lazo de nuestras almas.
Solo entonces comprendí que el amor se extenderá
más allá del firmamento, más aún que mi existencia,
permanecerá como flor nueva, como estrella que brillará
en cada pecho infundido de un amor firme y genuino.
En la orilla de mi espíritu se desbordaron sentires
tiernos y buenos con ímpetu opulento, y tú, la niña
tímida te transformaste en una deidad tirana
que reclama ser adorada, por eso creo que todas
las canciones de amor están hechas para tí,
pienso que las poesías amorosas manifiestan
un matiz de mi sentir. Eres astro, nube, cielo,
enigma y tienes encantos gratos como un titilar.
No existía alternativa, solo podía adorarte,
efusivamente amarte, amarte con devoción
delicadamente amarte, con la chispa fulgurante
de mi humanidad auténtica, con mi estro de poeta.
23 de julio del 2010
Copyright © Derechos reservados ®
Quisiera hallar la expresión o vocablo que enunciara
la grandeza de mi amor por ti, pero tal palabra
no existe, fervor igual no cabe en la sutil frase
te amo, quizá en las estrellas acaso en todas las rosas,
pues este amor rebasa los confines de mi espíritu.
Llegaste una tarde cálida, ajena al canto de vida,
y así, inesperadamente comencé a quererte,
ansiaba resistir ante tu insuperable embate,
empero, ante el sortilegio de tus ojos y primor
solo existía una opción: amarte con frenesí.
Si alguna ocasión el cielo estuvo cerca de mí
fue en ese bello tiempo cuando te veía a diario,
cada tarde al separarnos, comenzaba a contar
las gotas de la clepsidra que faltaban para verte,
percibir tu coqueto, tus guiños, tu rostro pícaro
de niña linda adornado por tu sonrisa de luz.
Los segundos transcurridos cerca de ti
eran momentos de intensa felicidad,
quería depositar este afecto entre pétalos,
alumbrarlo con estrellas, gritarlo en todas las lenguas...
Qué delicia tan inmensa era escucharte cantar,
advertir como tus manos, tus manitas de azucena
se perdían entre las mías cuando las acariciaba,
mayor gozo eran tus labios, tus besos de seda y sol.
Entonces, fruta del iris, de paloma te trocaste
en querube, nos hablábamos sin palabras, con miradas;
nuestras almas eran una, me decías soy tu musa,
la dicha, el amor nítido, soy la reconciliación
de tu ajada existencia, soy mensajera de Dios
y te amo con la pasión de mi juvenil edad.
Alteraste por completo mis conceptos, trastocaste
mis sentimientos, me diste una idea de belleza
y ternura vinculada únicamente a tu risa,
a tu presencia, a tu boca, al lazo de nuestras almas.
Solo entonces comprendí que el amor se extenderá
más allá del firmamento, más aún que mi existencia,
permanecerá como flor nueva, como estrella que brillará
en cada pecho infundido de un amor firme y genuino.
En la orilla de mi espíritu se desbordaron sentires
tiernos y buenos con ímpetu opulento, y tú, la niña
tímida te transformaste en una deidad tirana
que reclama ser adorada, por eso creo que todas
las canciones de amor están hechas para tí,
pienso que las poesías amorosas manifiestan
un matiz de mi sentir. Eres astro, nube, cielo,
enigma y tienes encantos gratos como un titilar.
No existía alternativa, solo podía adorarte,
efusivamente amarte, amarte con devoción
delicadamente amarte, con la chispa fulgurante
de mi humanidad auténtica, con mi estro de poeta.
23 de julio del 2010
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