Raul Matas Sanchez
Poeta adicto al portal
El acantilado de luces que me entregaste al mirarme fue suficiente para esa noche,
unos lustros de convivencia,
la miel de mil enjambres,
y la noria de las aguas.
Tuviste la cuchara pequeña,
un sinfín de gramos de locura,
hasta que empezaste a perseguir tu propia sombra.
Tuvimos el velorio de las voces,
el escondite acogedor,
el agua pura,
cristalina y llena de sortilegios en silencio mientras desnudabas tu cuerpo por la tarde.
Tus ojos obscura maravilla, invitan piel, jadeo y pasión,
en silencio y con una invitación de miradas cercanas,
girando antes de doblar la esquina.
Todos los lugares comunes y silvestres urdieron una trama matinal,
cocinando un cordero y una res,
vestido de payaso y al revés.
No te dije,
no llegué,
no finjí y no pagué,
sólamente quise ser tu hortelano y jardinero,
tu labrador y tu amante sempiterno.
No quise acercarme a tu abulia iluminada,
sin casarnos tuve todos tus lamentos,
tus quejas, tu piel y la mía.
unos lustros de convivencia,
la miel de mil enjambres,
y la noria de las aguas.
Tuviste la cuchara pequeña,
un sinfín de gramos de locura,
hasta que empezaste a perseguir tu propia sombra.
Tuvimos el velorio de las voces,
el escondite acogedor,
el agua pura,
cristalina y llena de sortilegios en silencio mientras desnudabas tu cuerpo por la tarde.
Tus ojos obscura maravilla, invitan piel, jadeo y pasión,
en silencio y con una invitación de miradas cercanas,
girando antes de doblar la esquina.
Todos los lugares comunes y silvestres urdieron una trama matinal,
cocinando un cordero y una res,
vestido de payaso y al revés.
No te dije,
no llegué,
no finjí y no pagué,
sólamente quise ser tu hortelano y jardinero,
tu labrador y tu amante sempiterno.
No quise acercarme a tu abulia iluminada,
sin casarnos tuve todos tus lamentos,
tus quejas, tu piel y la mía.