En la habitación de algún roñoso hotel,
en alguna desenfrenada ciudad,
cuando el reloj marcaba alguna anhelada hora,
venía ella, y entrando por la puerta de madera
vieja que aún recuerdo perfectamente, me miraba
con sus ojos grandes y fijos, aludiendo una dulce e inútil
resistencia a ese encanto que inexplicablemente hallaba
en todo mi desorden. Luego daba alguna vuelta inútil por la pieza,
como anulando el remordimiento, viviendo en carne viva la pelazga
de sus deseos contra su condicionada voluntad, dilema que siempre
encontraba su fin con la suavidad del primer beso. Y entonces yo no
podía evitar decirle que viniera a mi costado, me gustaba sentir la sensación
de la cama hundiéndose suavemente, percibir su aroma acariciando mi olfato
enviciado, su piel tibia y delicada rozando mi tacto enviciado, su silueta,
como una desperfecta muestra de la perfección atrapando la totalidad de
mi enfoque también enviciado, ¿de ella o de su idea? No lo sabía, quizá del
turbio contexto que envolvía este pequeño punto del tiempo en el que
dos mortales tenues cedían ante la ineludible curiosidad, transgredían
abruptamente sus preceptos morales. Tomábamos vino y me pedía siempre
encendiera sus cigarrillos, se jactaba de su habilidad para crear con sus labios
pequeños aros perfectos de humo azul que salían de su boca y hacía mofa de
mi torpeza a la hora de intentarlo. A veces le gustaba que le leyera algún poema,
otras veces odiaba mis líneas, la bipolaridad era el patrón permanente de su
comportamiento. Hacíamos el amor con un fervor casi artístico y al terminar
venía un silencio ameno que sutilmente se perturbaba con respiraciones agitadas
y el ardor del tabaco. Ella salía primero y seguía su vida decorosa y estereotipada,
yo salía después y seguía sobreviviendo a la mía. Sabía que no había amor entre
nosotros, aunque se aglutinara en cada latido algo que no se podía discernir,
demasiado puro para ser real, demasiado raro para terminar.
Al final, no queríamos explicaciones, ni teorías,
explicarlo era limitarlo.
en alguna desenfrenada ciudad,
cuando el reloj marcaba alguna anhelada hora,
venía ella, y entrando por la puerta de madera
vieja que aún recuerdo perfectamente, me miraba
con sus ojos grandes y fijos, aludiendo una dulce e inútil
resistencia a ese encanto que inexplicablemente hallaba
en todo mi desorden. Luego daba alguna vuelta inútil por la pieza,
como anulando el remordimiento, viviendo en carne viva la pelazga
de sus deseos contra su condicionada voluntad, dilema que siempre
encontraba su fin con la suavidad del primer beso. Y entonces yo no
podía evitar decirle que viniera a mi costado, me gustaba sentir la sensación
de la cama hundiéndose suavemente, percibir su aroma acariciando mi olfato
enviciado, su piel tibia y delicada rozando mi tacto enviciado, su silueta,
como una desperfecta muestra de la perfección atrapando la totalidad de
mi enfoque también enviciado, ¿de ella o de su idea? No lo sabía, quizá del
turbio contexto que envolvía este pequeño punto del tiempo en el que
dos mortales tenues cedían ante la ineludible curiosidad, transgredían
abruptamente sus preceptos morales. Tomábamos vino y me pedía siempre
encendiera sus cigarrillos, se jactaba de su habilidad para crear con sus labios
pequeños aros perfectos de humo azul que salían de su boca y hacía mofa de
mi torpeza a la hora de intentarlo. A veces le gustaba que le leyera algún poema,
otras veces odiaba mis líneas, la bipolaridad era el patrón permanente de su
comportamiento. Hacíamos el amor con un fervor casi artístico y al terminar
venía un silencio ameno que sutilmente se perturbaba con respiraciones agitadas
y el ardor del tabaco. Ella salía primero y seguía su vida decorosa y estereotipada,
yo salía después y seguía sobreviviendo a la mía. Sabía que no había amor entre
nosotros, aunque se aglutinara en cada latido algo que no se podía discernir,
demasiado puro para ser real, demasiado raro para terminar.
Al final, no queríamos explicaciones, ni teorías,
explicarlo era limitarlo.