Cae el recuerdo y de nada se llena mi agobio.
Borro mis huellas con la tierra hecha arcilla.
Destruyo un jardín de flores nacientes.
No entiendo el porque.
Ya veo maldecir al cielo.
El fantasma ha vuelto.
Alerta a ignorar palabras que me atormentan.
Prefiero sumirme en el plebeyo prado /creador de alucinados deseos/y cómplice de mi perdición albina.
He caído de nuevo al suelo, mi peso se fugo y no quiso perseguir la hoja seca y madura.
Preferí quedarme quieta esperando el sabor de un sueño más.
Volteo mis ojos del atardecer al pavimento.
Es la hora del desespero.
Van unas tras otras, gentes encrucijadas en sus mismos temores:
en sus discursos sin fondo.
A pesar de estar agitada por tanto ruido.
En un momento ciento la calma
es indurable.
De nuevo me rodean clamores.
La gente va retornando con sus sombras lascivas y mordidas.
Van y vuelven.
De nada sirve seguir contando con morir
¿Porque desistir de un fin que comenzó danzando sobre mí?
Caminando no consigo avanzar lo suficiente.
Estoy cautiva a flagelar mi quietud.
La inercia que domina todo lo que los arboles del atardecer esconden, se ríe y me cohíbe el respiro.
Las mudas miradas ya saciadas.
El desgaste de perder un tormento desauseado.
La quietud que repone la pérdida,
Y que hace que se deje podrir aquello poseído.
Todo vuelve y se posa en mi hombro murmurándome, que lo atraiga de nuevo.
Para que esperar algo que siempre llegará?
/Para la noche y la moribunda hiena siempre estará abierta tu desencajada ubre.
No intentes perderte
Te arrastrara tu mente.
Enrédate y descansa que todo debe de nuevo comenzar mañana.
Destruyo un jardín de flores nacientes.
No entiendo el porque.
Ya veo maldecir al cielo.
El fantasma ha vuelto.
Alerta a ignorar palabras que me atormentan.
Prefiero sumirme en el plebeyo prado /creador de alucinados deseos/y cómplice de mi perdición albina.
He caído de nuevo al suelo, mi peso se fugo y no quiso perseguir la hoja seca y madura.
Preferí quedarme quieta esperando el sabor de un sueño más.
Volteo mis ojos del atardecer al pavimento.
Es la hora del desespero.
Van unas tras otras, gentes encrucijadas en sus mismos temores:
en sus discursos sin fondo.
A pesar de estar agitada por tanto ruido.
En un momento ciento la calma
es indurable.
De nuevo me rodean clamores.
La gente va retornando con sus sombras lascivas y mordidas.
Van y vuelven.
De nada sirve seguir contando con morir
¿Porque desistir de un fin que comenzó danzando sobre mí?
Caminando no consigo avanzar lo suficiente.
Estoy cautiva a flagelar mi quietud.
La inercia que domina todo lo que los arboles del atardecer esconden, se ríe y me cohíbe el respiro.
Las mudas miradas ya saciadas.
El desgaste de perder un tormento desauseado.
La quietud que repone la pérdida,
Y que hace que se deje podrir aquello poseído.
Todo vuelve y se posa en mi hombro murmurándome, que lo atraiga de nuevo.
Para que esperar algo que siempre llegará?
/Para la noche y la moribunda hiena siempre estará abierta tu desencajada ubre.
No intentes perderte
Te arrastrara tu mente.
Enrédate y descansa que todo debe de nuevo comenzar mañana.