José Segundo Cefal
Poeta que considera el portal su segunda casa
De tanto tormento adormecido en mi escafandra.
De tantos barómetros engañosos que dan equivocadas presiones.
De todo me he cansado.
De la costura mal acabada de estos pantalones que me aplastan los huevos.
De las limonadas, de las sandías de esos veranos acompañados de autómatas.
Todo eso y mucho más lo empaqueto,
lo envaso al vacío
y lo envío a un destino desconocido
de un pasado adormecido por las drogas y el sexo compulsivo.
No me canso
de pensar que cuando era niño
creía más en mi padre que en el resto del mundo
y que aunque ahora creo que ya no soy niño
sigo creyendo en él como el primer día,
en él y en su filosofía sencilla de ver las cosas.
Y creo en mi madre por lo del amor al arte,
a la poesía, a los chistes que se inventan
y sobre todo a reírse de uno mismo
que a fin de cuentas viene a ser la misma filosofía sencilla de ver la vida,
con sus matemáticas, sus ríos, sus edificios llenos de antenas
y sus gentes.
Estoy en un alambique
esperando el calor que destile mi espíritu.
Bueno, estamos juntos en el alambique,
uno tendrá que salir a encender el fuego.
Llevamos años decidiendo quién sale a prender fuego
a la mecha empapada en alcohol metílico.
No destilaremos espíritus mientras sigamos aferrados a tantas cosas
y pensemos en besarnos, comernos
y en sí nos queremos después de tantos años
y tantas drogas y tanto sexo compulsivo
con tantas sombras que han pasado y repasado nuestros días.
A veces me pregunto si las caricias
no serán obstáculos de cobardes
y si va a ser verdad eso que los cobardes no tienen espíritu.
De tantos barómetros engañosos que dan equivocadas presiones.
De todo me he cansado.
De la costura mal acabada de estos pantalones que me aplastan los huevos.
De las limonadas, de las sandías de esos veranos acompañados de autómatas.
Todo eso y mucho más lo empaqueto,
lo envaso al vacío
y lo envío a un destino desconocido
de un pasado adormecido por las drogas y el sexo compulsivo.
No me canso
de pensar que cuando era niño
creía más en mi padre que en el resto del mundo
y que aunque ahora creo que ya no soy niño
sigo creyendo en él como el primer día,
en él y en su filosofía sencilla de ver las cosas.
Y creo en mi madre por lo del amor al arte,
a la poesía, a los chistes que se inventan
y sobre todo a reírse de uno mismo
que a fin de cuentas viene a ser la misma filosofía sencilla de ver la vida,
con sus matemáticas, sus ríos, sus edificios llenos de antenas
y sus gentes.
Estoy en un alambique
esperando el calor que destile mi espíritu.
Bueno, estamos juntos en el alambique,
uno tendrá que salir a encender el fuego.
Llevamos años decidiendo quién sale a prender fuego
a la mecha empapada en alcohol metílico.
No destilaremos espíritus mientras sigamos aferrados a tantas cosas
y pensemos en besarnos, comernos
y en sí nos queremos después de tantos años
y tantas drogas y tanto sexo compulsivo
con tantas sombras que han pasado y repasado nuestros días.
A veces me pregunto si las caricias
no serán obstáculos de cobardes
y si va a ser verdad eso que los cobardes no tienen espíritu.
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