Umbram Monstrator
Poeta recién llegado
Este poema va con un cuento, los escribí el año pasado.
El cielo estaba allí y fue un testigo callado
¡Qué poca piedad!¡cuánta carencia!,
los astros rogaban desvanecerse en la noche,
suplicaban por que no los viese,
mas en ellos sus ojos se posaron.
La locura y el dolor se unieron con fuerza
y su descendencia fue la muerte;
mientras, la ira y el odio la bendijeron.
La luna y la noche lloraron en silencio,
se abrazaron como siempre, a escondidas del maligno,
pues la vieron caminar por las sombras
arrastrando su culpa y su antiguo cuerpo.
El río vestía sus acostumbradas lágrimas
y cantaba su ya conocido canto,
pero aquella noche de triste luna
de cuatro oídos sólo dos le escuchaban.
Y luego ella hería la tierra con acero y volcaba
de nuevo en sus entrañas a uno de sus hijos;
y la tierra gemía, y la tierra lloraba,
y parecía decir en el viento "¡Ay, niño mío!".
Ella caminó por los caminos de lodo
tras echar polvo y huesos sobre su amado,
y se llenó la boca de gritos ahogados,
y se cerró los ojos con los dedos sangrantes.
Rió el diablo en su reino de fuego
y con su lengua de llama quemó su orgullo:
ya no había paz en su alma,
ya no tenía amor en el mundo.
El cielo estaba allí y fue un testigo callado
¡Qué poca piedad!¡cuánta carencia!,
los astros rogaban desvanecerse en la noche,
suplicaban por que no los viese,
mas en ellos sus ojos se posaron.
La locura y el dolor se unieron con fuerza
y su descendencia fue la muerte;
mientras, la ira y el odio la bendijeron.
La luna y la noche lloraron en silencio,
se abrazaron como siempre, a escondidas del maligno,
pues la vieron caminar por las sombras
arrastrando su culpa y su antiguo cuerpo.
El río vestía sus acostumbradas lágrimas
y cantaba su ya conocido canto,
pero aquella noche de triste luna
de cuatro oídos sólo dos le escuchaban.
Y luego ella hería la tierra con acero y volcaba
de nuevo en sus entrañas a uno de sus hijos;
y la tierra gemía, y la tierra lloraba,
y parecía decir en el viento "¡Ay, niño mío!".
Ella caminó por los caminos de lodo
tras echar polvo y huesos sobre su amado,
y se llenó la boca de gritos ahogados,
y se cerró los ojos con los dedos sangrantes.
Rió el diablo en su reino de fuego
y con su lengua de llama quemó su orgullo:
ya no había paz en su alma,
ya no tenía amor en el mundo.