franco velazquez
Poeta recién llegado
Luego de sosegar mi angustia, logre conquistar la calma
fue cuando de repente, la oscuridad me abrumó.
Intente divisar esa borrosa imagen que tenía delante de mí,
solo alcanzaba a percibir su aroma, un aroma que solo los ángeles podrían describir.
Un leve murmullo sedujo mi espíritu, mi alma, mi ser. Mi piel se erizaba, muy lentamente.
Esa voz, una voz que nunca había oído, tan frágil y a su vez tan sólida, me inducia a seguirla.
Preguntas sin respuesta irrumpieron mi mente:
¿Estaré soñando o estaré muerto?, no lo sé.
Solo osaré descubrir por qué me eligió.
Sentía paz, una paz interna que recorría mi cuerpo, una paz que cualquier mortal querría sentir.
De repente, una luz encandiló mi mirada pero logre divisarla, contemplarla con pasión.
Era hermosa, su centro más luminoso y reluciente que la aureola, pero de la misma gama de un dorado fugaz.
De pronto, la imagen se detuvo, dejó de brillar.
Sentí como el tiempo pasaba muy lentamente frente a mis ojos, veía al mundo desde un punto diferente, apartado, como espectador de la vida, sin ser parte de ella.
Quizá sí estaré muerto, me dije a mi mismo, aun no lo sé.
Me encontraba tieso, expectante, no lograba comprender lo que estaba sucediendo.
De repente, me desvanecí, solo podía sentir como mi cuerpo se elevaba, como levitaba en un espacio vacío y frio.
Sentí miedo, un terror que agobiaba mi espíritu, había perdido toda tranquilidad en mí.
En ese momento, recobré el sentido, la imagen se posó frente a mis ojos y a través de ella logré ver recuerdos de mi pasado, era una proyección de mi vida con representaciones que mi mente ya había olvidado.
Una lágrima se desprendió de mi lagrimal, recorriéndome el rostro.
La angustia se apodero de mí nuevamente. Rompí en llanto, un mar de nostalgia me arrastraba hacia lo más profundo.
No podía discernir entre lo bueno y lo malo, era todo tan confuso, tan confuso que comencé a exasperarme de una manera perturbadora, a tal punto que me faltaba el aire.
Una vez recuperada la calma, intente escapar, no había escapatoria, estaba encerrado en un cuarto siniestro, con un ánima que impedía mi huida.
Logré darme cuenta que me había enredado en su maliciosa asechanza.
Comencé a gritar, tan fuerte como podía, pedí ayuda, pero nadie respondió a mis plegarias, realmente era un sufrimiento.
De repente, el espectro expulsó un extraño fulgor, encegueciendo mis ojos y desapareció repentinamente, yo quedé encerrado en ese sitio, sin salida alguna, mi pulso cardíaco se aceleraba cada vez más, se acrecentaba el daño interno que había recibido.
Mi cuerpo yacía en ese suelo áspero y frio, prácticamente inmóvil, sentía como se adormecía lentamente, perdía de a poco toda esperanza de despertar de ese horrendo sueño.
El llanto ahogaba mis penas, pero no era suficiente, quería retornar a mí existencia habitual.
Tal vez me encontraba allí, como expiación de mis pecados, tal vez ya no era nada, tal vez era el interior de un cuerpo del que me habían separado. Me sentía un engendro.
Me encontraba inútil, no tenía opción, en voz alta me pregunte: ¿Debo dejarme morir?
Rápidamente una extraña voz distorsionada respondió ERES UN ALMA PERDIDA, YA ESTAS MUERTO. Mi alma quedó atrapada en constante suplicio por toda la eternidad.
fue cuando de repente, la oscuridad me abrumó.
Intente divisar esa borrosa imagen que tenía delante de mí,
solo alcanzaba a percibir su aroma, un aroma que solo los ángeles podrían describir.
Un leve murmullo sedujo mi espíritu, mi alma, mi ser. Mi piel se erizaba, muy lentamente.
Esa voz, una voz que nunca había oído, tan frágil y a su vez tan sólida, me inducia a seguirla.
Preguntas sin respuesta irrumpieron mi mente:
¿Estaré soñando o estaré muerto?, no lo sé.
Solo osaré descubrir por qué me eligió.
Sentía paz, una paz interna que recorría mi cuerpo, una paz que cualquier mortal querría sentir.
De repente, una luz encandiló mi mirada pero logre divisarla, contemplarla con pasión.
Era hermosa, su centro más luminoso y reluciente que la aureola, pero de la misma gama de un dorado fugaz.
De pronto, la imagen se detuvo, dejó de brillar.
Sentí como el tiempo pasaba muy lentamente frente a mis ojos, veía al mundo desde un punto diferente, apartado, como espectador de la vida, sin ser parte de ella.
Quizá sí estaré muerto, me dije a mi mismo, aun no lo sé.
Me encontraba tieso, expectante, no lograba comprender lo que estaba sucediendo.
De repente, me desvanecí, solo podía sentir como mi cuerpo se elevaba, como levitaba en un espacio vacío y frio.
Sentí miedo, un terror que agobiaba mi espíritu, había perdido toda tranquilidad en mí.
En ese momento, recobré el sentido, la imagen se posó frente a mis ojos y a través de ella logré ver recuerdos de mi pasado, era una proyección de mi vida con representaciones que mi mente ya había olvidado.
Una lágrima se desprendió de mi lagrimal, recorriéndome el rostro.
La angustia se apodero de mí nuevamente. Rompí en llanto, un mar de nostalgia me arrastraba hacia lo más profundo.
No podía discernir entre lo bueno y lo malo, era todo tan confuso, tan confuso que comencé a exasperarme de una manera perturbadora, a tal punto que me faltaba el aire.
Una vez recuperada la calma, intente escapar, no había escapatoria, estaba encerrado en un cuarto siniestro, con un ánima que impedía mi huida.
Logré darme cuenta que me había enredado en su maliciosa asechanza.
Comencé a gritar, tan fuerte como podía, pedí ayuda, pero nadie respondió a mis plegarias, realmente era un sufrimiento.
De repente, el espectro expulsó un extraño fulgor, encegueciendo mis ojos y desapareció repentinamente, yo quedé encerrado en ese sitio, sin salida alguna, mi pulso cardíaco se aceleraba cada vez más, se acrecentaba el daño interno que había recibido.
Mi cuerpo yacía en ese suelo áspero y frio, prácticamente inmóvil, sentía como se adormecía lentamente, perdía de a poco toda esperanza de despertar de ese horrendo sueño.
El llanto ahogaba mis penas, pero no era suficiente, quería retornar a mí existencia habitual.
Tal vez me encontraba allí, como expiación de mis pecados, tal vez ya no era nada, tal vez era el interior de un cuerpo del que me habían separado. Me sentía un engendro.
Me encontraba inútil, no tenía opción, en voz alta me pregunte: ¿Debo dejarme morir?
Rápidamente una extraña voz distorsionada respondió ERES UN ALMA PERDIDA, YA ESTAS MUERTO. Mi alma quedó atrapada en constante suplicio por toda la eternidad.