danie
solo un pensamiento...
(Rosmery-Danie)
El día que “la mariposa tecknicolor” se
olvide de sus colores y explote en una
necesidad vital de solo ser oruga.
El día en que las arañas, ya hartas de monopolizar
tus sueños, —querida mía— *
escriban con su tela de seda palabras grises
(ni blancas ni negras; solo grises)
sobre los nubarrones de este cielorraso.
El día que veas tan nítido y tangible
a tu Cristo de madera
retorciéndose y a la vez regocijándose,
sobre su palo santo, en la cruz.
El día que voltees al cementerio
y al señalar hacia allá, donde están las cruces,
no se te pudra el dedo
ni las uñas se colmen de mugre
y tampoco apestes a orina, historia y muertos.
Como potrillos briosos
cabalguemos al pampero —querida mía—
y solo esperemos ese día, no falta mucho.
Ese día de solo cenizas y polillas de aserrín,
así se astillen con un beso
los labios agrietados por el frío.
Encendamos una hoguera y ante las chispas
de las ascuas veamos como los sauces no lloren más
solamente se doblen hasta abrazar
con sus hojas la tierra
mientras germina el pequeño manzano
que plantamos en la latita de arveja.
Ese día aprenderemos a no temerle a la muerte,
a convivir con ella, a sacarla a pasear
en taxi o aeroplano.
A rasgar la comisura de la noche por más
que la incertidumbre deje su veneno
de serpiente reptando en la sangre.
El día en que las moscas, con completa naturalidad,
cambien el festín del estiércol y aprendan
a mamar de tus senos.
Crepitantes son los grises que se acumulan
a la hoguera que con un poco de fiebre se enciende
en una historia que apenas comienza
es un gris casi frío, casi azul,
casi sol que renueva el manzano en su latita de arveja,
donde los sueños no son más telaraña,
son relatos que reverdecen,
confluyendo del anhelo los besos —cariño mío—
así como el oasis en pleno desierto,
así como cuando las caricias pueblan las manos,
que ansiosas van hilando los días en
festín de primavera.
Al cruce del camino, la vida y la muerte
tienden a encontrarse y en desvío yerguen
hasta desarmarnos no falta mucho, falta poco.
Se hace pausa, se hace vida, se hace muerte
se resucita en medio, sí, de los labios
agrietados por el frío,
del abismal vacío que nos sumerge.
Y nos sucedemos en el preciso instante
donde sangra la noche para cabalgar
sobre las crines briosas de
esos potrillos etéreos.
El día que “la mariposa tecknicolor” se
olvide de sus colores y explote en una
necesidad vital de solo ser oruga.
El día en que las arañas, ya hartas de monopolizar
tus sueños, —querida mía— *
escriban con su tela de seda palabras grises
(ni blancas ni negras; solo grises)
sobre los nubarrones de este cielorraso.
El día que veas tan nítido y tangible
a tu Cristo de madera
retorciéndose y a la vez regocijándose,
sobre su palo santo, en la cruz.
El día que voltees al cementerio
y al señalar hacia allá, donde están las cruces,
no se te pudra el dedo
ni las uñas se colmen de mugre
y tampoco apestes a orina, historia y muertos.
Como potrillos briosos
cabalguemos al pampero —querida mía—
y solo esperemos ese día, no falta mucho.
Ese día de solo cenizas y polillas de aserrín,
así se astillen con un beso
los labios agrietados por el frío.
Encendamos una hoguera y ante las chispas
de las ascuas veamos como los sauces no lloren más
solamente se doblen hasta abrazar
con sus hojas la tierra
mientras germina el pequeño manzano
que plantamos en la latita de arveja.
Ese día aprenderemos a no temerle a la muerte,
a convivir con ella, a sacarla a pasear
en taxi o aeroplano.
A rasgar la comisura de la noche por más
que la incertidumbre deje su veneno
de serpiente reptando en la sangre.
El día en que las moscas, con completa naturalidad,
cambien el festín del estiércol y aprendan
a mamar de tus senos.
Crepitantes son los grises que se acumulan
a la hoguera que con un poco de fiebre se enciende
en una historia que apenas comienza
es un gris casi frío, casi azul,
casi sol que renueva el manzano en su latita de arveja,
donde los sueños no son más telaraña,
son relatos que reverdecen,
confluyendo del anhelo los besos —cariño mío—
así como el oasis en pleno desierto,
así como cuando las caricias pueblan las manos,
que ansiosas van hilando los días en
festín de primavera.
Al cruce del camino, la vida y la muerte
tienden a encontrarse y en desvío yerguen
hasta desarmarnos no falta mucho, falta poco.
Se hace pausa, se hace vida, se hace muerte
se resucita en medio, sí, de los labios
agrietados por el frío,
del abismal vacío que nos sumerge.
Y nos sucedemos en el preciso instante
donde sangra la noche para cabalgar
sobre las crines briosas de
esos potrillos etéreos.