ADEXFI
Poeta adicto al portal
Recuerdos de la vida
Ella no dijo nada, se pasó la lengua por los dedos abiertos,
sin dejar de contemplarle. Y se alejó de allí.
Y ella vio cómo su castillo de arena se derrumbaba suavemente
en el silencio del sol, en el silencio de Dios,
en el contexto del esplendor de la vida.
Su cabello estaba aquel día pulcramente cepillado
(lo que no siempre sucedía),
y su negro brillante contrastaba con la palidez
mate de su cuello y sus brazos,
el mismo que, en sus fantasías solitarias,
a él más le gustaba de su torso cimbreante.
Su impermeable bajo la lluvia, formaba cuadritos azules y blancos.
El la contempló largamente.
Una gotita de color de fuego le contempló igualmente,
suspendida de la comisura de sus labios,
el carmín de sus labios despintandose.
Y una violeta de terciopelo tricolor,
que había copiado la víspera, de una acuarela,
le contempló también, desde su copa de cristal
rebalsando de champán dorado como el sol,
y una fuente de uvas esperando en el congelador.
La gotas de lluvia de verano, resbalaban encima de su piel,
con las piernas todavía húmedas y con olor a algas del mar,
subía la escalera serpenteada de piedra,
con un vivaz contoneo de caderas que provocó la acostumbrada sonrisa maliciosa
«¡Pero no te muevas de esa manera cuando te pones la falda!
Una chica bien educada...», etc etc
La omisión de su atuendo interior era tácitamente tolerada
y que, sin duda, no era tampoco incapaz de hacer
concesiones secretas al calor sofocante.
Él subía a grandes zancadas.
Pero, en el caso de su fresca y tierna compañera aquella práctica
tenía deplorables consecuencias. La pobre chica se esforzaba
en mitigar las quemaduras de sus delicadas piernas
(con todo su cortejo de sensaciones diversas, viscosidades y comezones)
cuando cabalgaba a horcajadas,
los toscos y deformes peldaños.
El se encontraba moderadamente bebido, y subía como podía,
todo lo que había tomado de mañana,
en el desayuno era una pinta de cerveza.
El Crepúsculo, antes de una orgía de luces,
se le parecía an ella al tacto. Tenía su olor.
Se derretía como ella. ¡encanto de las coincidencias!
era como un sueño de belleza, en blanco y negro,
con un toque de pétalos en cuatro lugares,
como una reina de corazones simétrica...
Un momento después los dos, estaban cuerpo a cuerpo,
y el juego resultó tan delicioso que prometieron repetirlo mas menudo.
Y por otra dimensión, al lado de un agujero negro,
por alguna razón alienigena,
no pueden sacar a un dictador de un país bananero.
Pero eso es al otro lado del universo. Que más da.
Aquí todo resplandece.
Ella no dijo nada, se pasó la lengua por los dedos abiertos,
sin dejar de contemplarle. Y se alejó de allí.
Y ella vio cómo su castillo de arena se derrumbaba suavemente
en el silencio del sol, en el silencio de Dios,
en el contexto del esplendor de la vida.
Su cabello estaba aquel día pulcramente cepillado
(lo que no siempre sucedía),
y su negro brillante contrastaba con la palidez
mate de su cuello y sus brazos,
el mismo que, en sus fantasías solitarias,
a él más le gustaba de su torso cimbreante.
Su impermeable bajo la lluvia, formaba cuadritos azules y blancos.
El la contempló largamente.
Una gotita de color de fuego le contempló igualmente,
suspendida de la comisura de sus labios,
el carmín de sus labios despintandose.
Y una violeta de terciopelo tricolor,
que había copiado la víspera, de una acuarela,
le contempló también, desde su copa de cristal
rebalsando de champán dorado como el sol,
y una fuente de uvas esperando en el congelador.
La gotas de lluvia de verano, resbalaban encima de su piel,
con las piernas todavía húmedas y con olor a algas del mar,
subía la escalera serpenteada de piedra,
con un vivaz contoneo de caderas que provocó la acostumbrada sonrisa maliciosa
«¡Pero no te muevas de esa manera cuando te pones la falda!
Una chica bien educada...», etc etc
La omisión de su atuendo interior era tácitamente tolerada
y que, sin duda, no era tampoco incapaz de hacer
concesiones secretas al calor sofocante.
Él subía a grandes zancadas.
Pero, en el caso de su fresca y tierna compañera aquella práctica
tenía deplorables consecuencias. La pobre chica se esforzaba
en mitigar las quemaduras de sus delicadas piernas
(con todo su cortejo de sensaciones diversas, viscosidades y comezones)
cuando cabalgaba a horcajadas,
los toscos y deformes peldaños.
El se encontraba moderadamente bebido, y subía como podía,
todo lo que había tomado de mañana,
en el desayuno era una pinta de cerveza.
El Crepúsculo, antes de una orgía de luces,
se le parecía an ella al tacto. Tenía su olor.
Se derretía como ella. ¡encanto de las coincidencias!
era como un sueño de belleza, en blanco y negro,
con un toque de pétalos en cuatro lugares,
como una reina de corazones simétrica...
Un momento después los dos, estaban cuerpo a cuerpo,
y el juego resultó tan delicioso que prometieron repetirlo mas menudo.
Y por otra dimensión, al lado de un agujero negro,
por alguna razón alienigena,
no pueden sacar a un dictador de un país bananero.
Pero eso es al otro lado del universo. Que más da.
Aquí todo resplandece.
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