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::I
Colecciono corazones, no te enojes, tú preguntaste.
Mi sabio conjuro no sabe mentir.
Mi colección es de fugaces
abreviaturas,
es cambiante, pero también casi siempre
irregular. Es
simplemente es, todo lo invariable
del amor
epidémico iletrado
cuando invade, sin miramientos,
al género
humano. Y está, éste,
de tan enamorado,
predefinido en la oscuridad.
Colecciono corazones, y es
en serio, no te enfades,
yo los guardo, no los rompo
te lo juro
Los adoro
y seguiré adorando
pues sólo
a través de ellos
puedo entender
el generoso llanto
de la soledad.
A la fecha, entre mis manos, he atendido
corazones exhumados, demasiado liberales.
Corazones irreparables, también convalecidos.
Me alargo
Corazones, he visto desfilar corazones
de varios y múltiples tamaños, diletantes
los más ricos insalubres
Los he visto irracionales, coloreados
corazones dolidos, a veces
faltos de emoción, cristalizados,
víctimas de sus amantes,
de su libre albedrío
(corazones, también, petulantes:
egolátricos he visto desfilar)
Bandoleros y veniales. Míos,
tan sólo míos. Inmaculados.
Corazones percherones, corazones
rimbombantes ¿los he visto?
II
Y de sus dueñas indómitas gemas tengo guijarros
de la obediencia que les mantuve a cada paso,
en cada espléndida pasión que me inculcaron
férvida, igual que lúgubre, al entregarnos,
mutuamente, algún satírico orgasmo,
alguna duda insostenible,
algún jadeo
irremediablemente
orgánico. Tengo
una exacta, y sólo una. Es
aquella duda que murmura
sollozante hacerse mía,
como un vicio permisible que madura
en el fornicio, en una runa del dolor
incalculablemente vívida.
* Cuando sentimos
abandonarnos. Cuando morimos
iridiscentes. Cuando albergamos
lo más impúdico
de la marea.
[Y continúo amedrentándoles, occiso,
con mis besos coloidales
(fúnebres fluidos)
como balazos de carne viva
en esta inocua evocación de lengua
que me desnuda, y que me aviva salvaje
o me despierta encaminándome,
directo, hacia el vacío
de la puerta.]
III
¿Quién se apura
a derramarse en los pasillos? ¿Quién,
sino la ilustre muerte que te acaricia?
IV
Por eso el amor confabula
los límites profanos de mi profesión.
Soy mercenario, y como tal, corazonero
apesadumbrado
por las riveras del mismo amor.
Seré sincero contigo, a razón de lo anterior
debí usurpar el musicanto
de mis ídolos, debí
robármelo, y lo
tengo aquí conmigo
escondidito entre mis piernas
holocáustico y me ha traído,
en consecuencia, el
ser infausto (en ocasiones
concupiscente)
presa perenne
de la ilusión: tenorio.
Presagio tenue de cuando soy
ciego adivino, dulce temblor
[ o soy delirio del arte amatorio.]
V
Ya te lo digo de buena fe los fui adiestrando
en un encierro de astados y amoríos. Incluso
de hambrientas putas. Por-
que
fui dándoles, poco
a poco, el sabor preciso
de mi alboroto, de mi
contagio. Y me los cuelgo
los corazones,
corazonado
como preseas inmarcesibles
(inmensurablemente
lúcidas) y así
les persigo,
deslizándome en
los remotos cañaverales,
en carnavales, en esas fiestas
constitutivas
de orgiásticos númenes, y lóbregas
estructuras genitales.
Y he ido llenándome envilecido
de sus desbragues, de sus párvulos
cardúmenes, de sus límpidos oleajes.
Poetizo
Púber, me declaro, si es a juicio,
embrutecido a contraluces, desamparado
por el oficio
del sado-
masoquismo
santísimo en el uso
de todos sus implementos
Mutable
VI
Mas confieso desfasarme en cada uno,
en cada inmenso corazón
desvanecerme
irreprochablemente loco
de cinismo, a causa
del excéntrico bochorno
tan audaz
que con sus moños bien puestos
lanzan algunas
chicas indulgentes.
Desgárrame (exigen)
Pues, por muy insólito que suene,
únicamente hay que esperar
a que las féminas demanden
esa belleza perversa
del arte poética y verás
qué significa
y cómo,
lo impoluto del amar
cuando mendigan
sin más recelo
:
«anda, precioso, ¡ven!
escríbeme un poema»
Pérfidas, aciagas máquinas del sexo
¿Pero qué digo?, si el funesto aquí soy yo
(O quizá no
tan de su ardid
como debiera)
Nefasto
Se me ha acusado de sanguijuela,
de arrebatárselos sin pena alguna
bajo las aguas, en los arbustos.
Siquiera aceptaran
les gusta el fruto
de mis desfogues.
Por lo veraz,
a mí me alocan.
VII
Punto por punto, mi colección resuella
que quiere morirse de vieja y transparente.
Y ya hasta el miedo me consume
al envanecerme demasiado pronto
bajo las alas de cuanta reina
emigre ardiente de mi lado
a las calderas del infierno
cárnico, justo en medio
de sus faldas deliciosas.
Lo que agradezco es
(lúdico esdrújulo)
que a partir de todo ello
estilo de «estilar» cualquier destino
entre mis palmas. Cuando vuélveme lo estético
a ser artístico súcubo, y huérfano
hijo de la palabra (o más bien,
sim-ple-men-te: vocálico)
Sin embargo
En este cálido eponema
dilapido un testamento,
hiervo de amor
(mas no litigo)
desmenuzando mi cuerpo
en los floridos campos
del deseo. Pródigo.
Y por último, también
digo confieso que
sobre mi cama he visto rodar
los antónimos de género
de luz y de sombra
como describo, tiernamente,
en un sollozo, a pleno juego,
en algún otro
libro de los míos.
(Para variar,
del todo inédito.)
http://corazonerodeluna.blogspot.com/2009/05/colecciono-corazones.html
I
Colecciono corazones, no te enojes, tú preguntaste.
Mi sabio conjuro no sabe mentir.
Mi colección es de fugaces
abreviaturas,
es cambiante, pero también casi siempre
irregular. Es
simplemente es, todo lo invariable
del amor
epidémico iletrado
cuando invade, sin miramientos,
al género
humano. Y está, éste,
de tan enamorado,
predefinido en la oscuridad.
Colecciono corazones, y es
en serio, no te enfades,
yo los guardo, no los rompo
te lo juro
Los adoro
y seguiré adorando
pues sólo
a través de ellos
puedo entender
el generoso llanto
de la soledad.
A la fecha, entre mis manos, he atendido
corazones exhumados, demasiado liberales.
Corazones irreparables, también convalecidos.
Me alargo
Corazones, he visto desfilar corazones
de varios y múltiples tamaños, diletantes
los más ricos insalubres
Los he visto irracionales, coloreados
corazones dolidos, a veces
faltos de emoción, cristalizados,
víctimas de sus amantes,
de su libre albedrío
(corazones, también, petulantes:
egolátricos he visto desfilar)
Bandoleros y veniales. Míos,
tan sólo míos. Inmaculados.
Corazones percherones, corazones
rimbombantes ¿los he visto?
II
Y de sus dueñas indómitas gemas tengo guijarros
de la obediencia que les mantuve a cada paso,
en cada espléndida pasión que me inculcaron
férvida, igual que lúgubre, al entregarnos,
mutuamente, algún satírico orgasmo,
alguna duda insostenible,
algún jadeo
irremediablemente
orgánico. Tengo
una exacta, y sólo una. Es
aquella duda que murmura
sollozante hacerse mía,
como un vicio permisible que madura
en el fornicio, en una runa del dolor
incalculablemente vívida.
* Cuando sentimos
abandonarnos. Cuando morimos
iridiscentes. Cuando albergamos
lo más impúdico
de la marea.
[Y continúo amedrentándoles, occiso,
con mis besos coloidales
(fúnebres fluidos)
como balazos de carne viva
en esta inocua evocación de lengua
que me desnuda, y que me aviva salvaje
o me despierta encaminándome,
directo, hacia el vacío
de la puerta.]
III
¿Quién se apura
a derramarse en los pasillos? ¿Quién,
sino la ilustre muerte que te acaricia?
IV
Por eso el amor confabula
los límites profanos de mi profesión.
Soy mercenario, y como tal, corazonero
apesadumbrado
por las riveras del mismo amor.
Seré sincero contigo, a razón de lo anterior
debí usurpar el musicanto
de mis ídolos, debí
robármelo, y lo
tengo aquí conmigo
escondidito entre mis piernas
holocáustico y me ha traído,
en consecuencia, el
ser infausto (en ocasiones
concupiscente)
presa perenne
de la ilusión: tenorio.
Presagio tenue de cuando soy
ciego adivino, dulce temblor
[ o soy delirio del arte amatorio.]
V
Ya te lo digo de buena fe los fui adiestrando
en un encierro de astados y amoríos. Incluso
de hambrientas putas. Por-
que
fui dándoles, poco
a poco, el sabor preciso
de mi alboroto, de mi
contagio. Y me los cuelgo
los corazones,
corazonado
como preseas inmarcesibles
(inmensurablemente
lúcidas) y así
les persigo,
deslizándome en
los remotos cañaverales,
en carnavales, en esas fiestas
constitutivas
de orgiásticos númenes, y lóbregas
estructuras genitales.
Y he ido llenándome envilecido
de sus desbragues, de sus párvulos
cardúmenes, de sus límpidos oleajes.
Poetizo
Púber, me declaro, si es a juicio,
embrutecido a contraluces, desamparado
por el oficio
del sado-
masoquismo
santísimo en el uso
de todos sus implementos
Mutable
VI
Mas confieso desfasarme en cada uno,
en cada inmenso corazón
desvanecerme
irreprochablemente loco
de cinismo, a causa
del excéntrico bochorno
tan audaz
que con sus moños bien puestos
lanzan algunas
chicas indulgentes.
Desgárrame (exigen)
Pues, por muy insólito que suene,
únicamente hay que esperar
a que las féminas demanden
esa belleza perversa
del arte poética y verás
qué significa
y cómo,
lo impoluto del amar
cuando mendigan
sin más recelo
:
«anda, precioso, ¡ven!
escríbeme un poema»
Pérfidas, aciagas máquinas del sexo
¿Pero qué digo?, si el funesto aquí soy yo
(O quizá no
tan de su ardid
como debiera)
Nefasto
Se me ha acusado de sanguijuela,
de arrebatárselos sin pena alguna
bajo las aguas, en los arbustos.
Siquiera aceptaran
les gusta el fruto
de mis desfogues.
Por lo veraz,
a mí me alocan.
VII
Punto por punto, mi colección resuella
que quiere morirse de vieja y transparente.
Y ya hasta el miedo me consume
al envanecerme demasiado pronto
bajo las alas de cuanta reina
emigre ardiente de mi lado
a las calderas del infierno
cárnico, justo en medio
de sus faldas deliciosas.
Lo que agradezco es
(lúdico esdrújulo)
que a partir de todo ello
estilo de «estilar» cualquier destino
entre mis palmas. Cuando vuélveme lo estético
a ser artístico súcubo, y huérfano
hijo de la palabra (o más bien,
sim-ple-men-te: vocálico)
Sin embargo
En este cálido eponema
dilapido un testamento,
hiervo de amor
(mas no litigo)
desmenuzando mi cuerpo
en los floridos campos
del deseo. Pródigo.
Y por último, también
digo confieso que
sobre mi cama he visto rodar
los antónimos de género
de luz y de sombra
como describo, tiernamente,
en un sollozo, a pleno juego,
en algún otro
libro de los míos.
(Para variar,
del todo inédito.)
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