celiana
Esa soy yo, es lo que hay.
Las grietas iban abriéndose,
cada vez más fuertes
eran sus incontables trazos.
El miedo, realidad se hizo,
desde su óptica vista.
No hubo duda alguna,
qué lo estremecía,
y porqué aún le dolía.
El tiempo, compañero de lamentos,
no se hizo presente en aquel infierno,
ni las súplicas que adornaron
alguna vez sus noches.
Era su último intento,
y cayó rendido,
ante miles de ojos perdidos,
que nunca entendieron
la modular de sus muchas frecuencias.
Era el río negro, ¡ese maldito río!
el que lo trajo muerto, aquí conmigo.
No avisoré nada,
no supe que yo podía ser su carnada,
me dejé llevar.
Fue la bondad en sus ojos,
el brillo opaco de su ser,
que paralizó mis sentidos. Todos.
Extasiada de tan magnifica belleza,
pérdida y atontada caí, y con ello,
callé el más ignorante de todos mis amores.
No recibí nada a cambio,
mientras yo todo lo entregaba.
No sólo fueron noches, ni días
recordaba que habían sido muchas vidas,
que esto me pasaba.
El final, predecible fue.
No había mucho que discutir,
ni nada que él pueda explicar,
simplemente no sucedió, no se dio.
El pretendió alargar esta situación,
yo mencioné alguna que otra verdad,
pero él se fue en conclusión.
Su río aguardaba,
lo estaba esperando desde ya buen rato.
Vi como áquella caudal se lo llevó,
mientras las piedras lo iban lastimando.
Deseé otro sueño,
supliqué su perdón,
pero inútiles fueron todos mis rezos,
él se encontraba ya lejos,
y yo debía afrontar la gélida realidad,
con lluvia y una alfombra de rosas muertas, por caminar.
Era ese río, el que lo trajo conmigo,
y fue ese río el que se lo llevó de mí.
cada vez más fuertes
eran sus incontables trazos.
El miedo, realidad se hizo,
desde su óptica vista.
No hubo duda alguna,
qué lo estremecía,
y porqué aún le dolía.
El tiempo, compañero de lamentos,
no se hizo presente en aquel infierno,
ni las súplicas que adornaron
alguna vez sus noches.
Era su último intento,
y cayó rendido,
ante miles de ojos perdidos,
que nunca entendieron
la modular de sus muchas frecuencias.
Era el río negro, ¡ese maldito río!
el que lo trajo muerto, aquí conmigo.
No avisoré nada,
no supe que yo podía ser su carnada,
me dejé llevar.
Fue la bondad en sus ojos,
el brillo opaco de su ser,
que paralizó mis sentidos. Todos.
Extasiada de tan magnifica belleza,
pérdida y atontada caí, y con ello,
callé el más ignorante de todos mis amores.
No recibí nada a cambio,
mientras yo todo lo entregaba.
No sólo fueron noches, ni días
recordaba que habían sido muchas vidas,
que esto me pasaba.
El final, predecible fue.
No había mucho que discutir,
ni nada que él pueda explicar,
simplemente no sucedió, no se dio.
El pretendió alargar esta situación,
yo mencioné alguna que otra verdad,
pero él se fue en conclusión.
Su río aguardaba,
lo estaba esperando desde ya buen rato.
Vi como áquella caudal se lo llevó,
mientras las piedras lo iban lastimando.
Deseé otro sueño,
supliqué su perdón,
pero inútiles fueron todos mis rezos,
él se encontraba ya lejos,
y yo debía afrontar la gélida realidad,
con lluvia y una alfombra de rosas muertas, por caminar.
Era ese río, el que lo trajo conmigo,
y fue ese río el que se lo llevó de mí.
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