Se desgrana la noche en sus rumores
quedos, en efluvios sutiles
y formas misteriosas
mientras reina la calma de Morfeo
en el interior de la casa solariega.
La luna se congela en la ventana,
allí, envidiosa y lasciva
como vieja alcahueta,
por unos instantes permanece
al acecho, varada en su vacío,
quieta,
con su aureola grande,
blanca y redonda
arañando zafiros a negras sombras.
A bocanadas, una ligera brisa
visita el aposento,
brisa de dedos largos, suave y cruda,
que orea sudores en hombros de estaño
derretido y derrama un olor a mies madura.
Un suspiro furtivo reverbera en la noche,
y una estrella se corre por un cielo de plata.
El gato, hecho un ovillo,
dormita en el tejado
y orienta sus orejas hacia el rumor
extraño.
Un susurro lascivo, un ¡ay! que sabe a gloria
motiva una pausa de angustia
en el son de los grillos.
Por un momento, que parece eterno,
dos formas detienen su rítmica cadencia
y un silencio escucha a otro silencio.
Vuelve al refugio oculto el rumor
de la fuente,
y el metálico canto del pertinaz
insecto, allí dos palomas tiritan
bajo un torso de bronce,
y cuatro peces juegan enredados
en los linos suaves
tejidos en Holanda.
Recaredo.
quedos, en efluvios sutiles
y formas misteriosas
mientras reina la calma de Morfeo
en el interior de la casa solariega.
La luna se congela en la ventana,
allí, envidiosa y lasciva
como vieja alcahueta,
por unos instantes permanece
al acecho, varada en su vacío,
quieta,
con su aureola grande,
blanca y redonda
arañando zafiros a negras sombras.
A bocanadas, una ligera brisa
visita el aposento,
brisa de dedos largos, suave y cruda,
que orea sudores en hombros de estaño
derretido y derrama un olor a mies madura.
Un suspiro furtivo reverbera en la noche,
y una estrella se corre por un cielo de plata.
El gato, hecho un ovillo,
dormita en el tejado
y orienta sus orejas hacia el rumor
extraño.
Un susurro lascivo, un ¡ay! que sabe a gloria
motiva una pausa de angustia
en el son de los grillos.
Por un momento, que parece eterno,
dos formas detienen su rítmica cadencia
y un silencio escucha a otro silencio.
Vuelve al refugio oculto el rumor
de la fuente,
y el metálico canto del pertinaz
insecto, allí dos palomas tiritan
bajo un torso de bronce,
y cuatro peces juegan enredados
en los linos suaves
tejidos en Holanda.
Recaredo.
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