Calado hasta la cabeza de irreverente limo glacial, en el lago nefasto de las sepulturas, aquel ser diminuto se va ahogando por los muchos pecados capitales que osó glorificar al dios onírico Muerte. A medida que la gélida noche va exprimiendo con zumo de plata la luna empachada se va terminando el tiempo de salvación de tal nefasto ser. Pero he aquí que una mano herrumbrosa salida del firmamento de disecadas estrellas lo agarra de la espalda y lo coloca en el remanso de la cicatriz irreverente. Entonces, nuestro hombre malvado comienza a vomitar amarillo barro que tragó durante la confusión en el lago ya desechado de las vergüenzas. Su rostro ya no explotará por las inmundicias que antaño estuvieron a punto de costar cara su enigmática vida.