Domingo Bazán Campos
Poeta recién llegado
Simplemente,
descuidadamente,
frágilmente,
sin hablar ni oler,
sin identificar,
sin tranzar,
sin mentir ni querer querer,
se llega a conocerte.
Del mismo modo,
con más vitalidad,
con más lucidez,
con los pies descalzos,
con uno que otro café,
de la mano de la emancipación
(y de la ternura que brota de tus ojos),
se llega a necesitar de ti.
En breve tiempo,
con más vocación que indiferencia,
con la historia cargada al hombro,
con las culpas convertidas en dulces pasas,
con tu risa viva en la memoria
y un retazo de tu piel pegada en el alma,
sin saber si la noche apaga el día
o es el día que se esconde para ver a los amantes,
se llega a depender de ti,
o mejor aún,
se llega a querer quererte.
descuidadamente,
frágilmente,
sin hablar ni oler,
sin identificar,
sin tranzar,
sin mentir ni querer querer,
se llega a conocerte.
Del mismo modo,
con más vitalidad,
con más lucidez,
con los pies descalzos,
con uno que otro café,
de la mano de la emancipación
(y de la ternura que brota de tus ojos),
se llega a necesitar de ti.
En breve tiempo,
con más vocación que indiferencia,
con la historia cargada al hombro,
con las culpas convertidas en dulces pasas,
con tu risa viva en la memoria
y un retazo de tu piel pegada en el alma,
sin saber si la noche apaga el día
o es el día que se esconde para ver a los amantes,
se llega a depender de ti,
o mejor aún,
se llega a querer quererte.