Desde el embrión no fuiste bien amado,
como lo fue aquél que hoy me es ajeno,
¡Ese!, al que por mis más acrisolados y corrompidos pensamientos,
la esencia entera, en una tarde, se la ofrecí en regalo.
Nunca te dije que fuiste el clavo que sacó otro clavo,
en medio de una pared naciente; no obstante demolida,
nunca te dije, ya que tan sólo al murmurar sentía,
la herida que al Cristo se la abrieron de costado.
Supiste con astucia y con sutil atino,
despuntar sin miedo, mis filos de arma blanca,
que crecieron al igual que cabellos y uñas del cadáver,
que hoy se mece en medio de esta bruma, con gran calma.
Te entregué a ti, y sólo a ti, como una doncella,
la ya socavada señal de mi fútil pureza,
¡Qué amargo trago es aquél, el de la impotencia!,
que al sentir sed, como a un necio mentecato, nos alienta.
Atesoro la deuda eterna contigo; pues me amaste,
aún siendo piedra, moho y desperdicios,
y cual fiera indómita con el alma que follaste,
me someto a tus avatares, aunque éstos sean clandestinos.
¡Nunca me dejes!, aún si a gritos te lo pida,
porque esos gritos no reflejan, para nada, mis deseos,
no son sino, la voz que clama en el desierto,
mi desesperación desconsolada y autoinfringida.
Has de saber que lo que exhalas, yo respiro,
que tus gritos son en mi, ¡Dulces melodías!
y quiero que recuerdes, por siempre, amado mío:
Que me tienes más en tus manos que alguna vez siquiera, yo en las mías.
Xierpe13
04 junio 08
como lo fue aquél que hoy me es ajeno,
¡Ese!, al que por mis más acrisolados y corrompidos pensamientos,
la esencia entera, en una tarde, se la ofrecí en regalo.
Nunca te dije que fuiste el clavo que sacó otro clavo,
en medio de una pared naciente; no obstante demolida,
nunca te dije, ya que tan sólo al murmurar sentía,
la herida que al Cristo se la abrieron de costado.
Supiste con astucia y con sutil atino,
despuntar sin miedo, mis filos de arma blanca,
que crecieron al igual que cabellos y uñas del cadáver,
que hoy se mece en medio de esta bruma, con gran calma.
Te entregué a ti, y sólo a ti, como una doncella,
la ya socavada señal de mi fútil pureza,
¡Qué amargo trago es aquél, el de la impotencia!,
que al sentir sed, como a un necio mentecato, nos alienta.
Atesoro la deuda eterna contigo; pues me amaste,
aún siendo piedra, moho y desperdicios,
y cual fiera indómita con el alma que follaste,
me someto a tus avatares, aunque éstos sean clandestinos.
¡Nunca me dejes!, aún si a gritos te lo pida,
porque esos gritos no reflejan, para nada, mis deseos,
no son sino, la voz que clama en el desierto,
mi desesperación desconsolada y autoinfringida.
Has de saber que lo que exhalas, yo respiro,
que tus gritos son en mi, ¡Dulces melodías!
y quiero que recuerdes, por siempre, amado mío:
Que me tienes más en tus manos que alguna vez siquiera, yo en las mías.
Xierpe13
04 junio 08
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