Un coro de arcángeles entonaban armonías de cristal
y en el infinito resonaron clarines de sol,
una vez más llegaba la hora,
esa, que anunciaron los profetas.
Tiempo de oro, el tiempo del
Eterno caminante de los caminos del infinito
El en su morral lleva los secretos de la sabiduría
en su alma buena las historias de miles de comienzos
y de pie, él, presenciando una ves más
el secreto que comenzaba a trascender la conciencia.
Ante él se formaban mundos
y las humanidades que los habitarían
las estrellas recorrían los espacios
y él, eterno participante silencioso de esta transición,
cargaba en su corazón toda la angustia, todo el dolor
todos los avatares de esos pequeños seres
que la eterna ley le confiara y que el amaría como solo lo hacen los dioses,
en su rostro la carga de sapiencia divina,
esa que le regalo la eternidad,
el presentía los caminos que tendría que recorrer
para alcanzar la suprema meta que le habían confiado
y sencillamente desplegaba su corazón de simple mortal
declarándose, solo un hombre angustiado
que en búsqueda del amor recorre los mundos, las edades,
porque lleva signada su alma con la esperanza de que un día encontrara ese recipiente que colme su ser.
Una mujer, un amor.