Ayax
Poeta que considera el portal su segunda casa
La ciudad apagó sus ruidos:
el amor encendió sus luces.
En la noche la piel se asume
poema de dulces instintos.
Se vuelven ansiosos abismos
que uno en el otro, pronto, se hunden,
cuando entreabiertas se irrumpen
las bocas, en lazo infinito.
El lapso en las manos destella
trayendo a la tez alborada:
cerrados, los ojos contemplan
la furia amorosa del alma,
que hace saltar en miríadas
el aliento y voz que tropiezan,
tornándose así, en las gargantas,
plegaria sensual que se eleva.
el amor encendió sus luces.
En la noche la piel se asume
poema de dulces instintos.
Se vuelven ansiosos abismos
que uno en el otro, pronto, se hunden,
cuando entreabiertas se irrumpen
las bocas, en lazo infinito.
El lapso en las manos destella
trayendo a la tez alborada:
cerrados, los ojos contemplan
la furia amorosa del alma,
que hace saltar en miríadas
el aliento y voz que tropiezan,
tornándose así, en las gargantas,
plegaria sensual que se eleva.
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