Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Estímulo, apenas, tu grito.
Esa ventisca que corroe la luz.
Nos deja sin luces, ¿no lo ves?
Poco que decir en el amor,
el viento quizá pase más tiempo rodeandonos.
A todo se acostumbra uno.
Sea frío o no, aquí el primer trueno.
Mi retardo sirve al desalmado.
Encuentra acaso su alma en los delitos.
Tu cuerpo es plastilina,
pero no soy experto en ese campo. La penumbra que levantas jamás ha soñado.
Lo que de algún modo me mantiene vivo.
Aunque sea en pequeñas dosis, la ilusión se hace gigante.
Se escapan de mi garganta pájaros sin alas.
Ah, lo que cuesta alzar la voz.
Han criado huevos las serpientes.
No dejan huella.
Ni en desiertos, ni en el agua.
Desde lo más simbólico de mí,
me rompo en cada letra,
ah, muchedumbre, albedrío!
cada vez más estrecho camino.
Y mis ojos son lo mismo que mis cuencas.
No ofrezco quizá lo que se necesita.
Tranquilidad, o ceguera.
Una pizca de agua cambia el prisma.
Esa ventisca que corroe la luz.
Nos deja sin luces, ¿no lo ves?
Poco que decir en el amor,
el viento quizá pase más tiempo rodeandonos.
A todo se acostumbra uno.
Sea frío o no, aquí el primer trueno.
Mi retardo sirve al desalmado.
Encuentra acaso su alma en los delitos.
Tu cuerpo es plastilina,
pero no soy experto en ese campo. La penumbra que levantas jamás ha soñado.
Lo que de algún modo me mantiene vivo.
Aunque sea en pequeñas dosis, la ilusión se hace gigante.
Se escapan de mi garganta pájaros sin alas.
Ah, lo que cuesta alzar la voz.
Han criado huevos las serpientes.
No dejan huella.
Ni en desiertos, ni en el agua.
Desde lo más simbólico de mí,
me rompo en cada letra,
ah, muchedumbre, albedrío!
cada vez más estrecho camino.
Y mis ojos son lo mismo que mis cuencas.
No ofrezco quizá lo que se necesita.
Tranquilidad, o ceguera.
Una pizca de agua cambia el prisma.