Angel Felibre
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sonoro y bien perfumado
el primo Zurullo sale,
canta lo mucho que vale
en un ambiente cerrado.
Y como gato escaldado
huyendo del agua fría,
tras él la "tía María"
presta deja su fragancia
repartida por la estancia
con una gran alegría.
Siempre fiel, siempre sincero,
sin ocultar su perfume
del que ante el pueblo presume
como un señor caballero,
pregona ante el mundo entero
y, con su parla sincera,
que es el señor de la acera,
de los jardines y parque.
Y no hay rincón que no marque
en una ciudad cualquiera.
Resbalaba el caminante
que ponía en él la suela
y patinaba la abuela
si no andaba vigilante.
A tierra fue el petulante
que a la tierra no miraba
y cuando tendido estaba,
con la nariz mal olía
lo que en medio de la vía
aquel hedor emanaba.
Mierda que se emancipaba
cuando del ano salía
y en la acera se perdía
nada más que la cagaba
la perra que ella llevaba
sin importar que a su vera
se defecara en la acera.
La perra de aquella guarra
si en su boca la enfilara,
¡ Qué alegría me diera!
Se abre el cráter ruidoso
y el blando magma rebulle,
sale y luego se zambulle
pestífero y sulfuroso.
Sigue estando tembloroso
sobre blanca porcelana
cual una rosa galana
que perfumara la estancia
con olorosa fragancia
llegando hasta la ventana.
El tunel desde la entrada
a la salida del mismo,
un volcán o un seismo
crujen en la contornada.
Es vidriosa la mirada
del que resiste el azufre
y con fiereza lo sufre
igual que sufre la "lava"
que cual torrente se clava
en la patata que nutre.
el primo Zurullo sale,
canta lo mucho que vale
en un ambiente cerrado.
Y como gato escaldado
huyendo del agua fría,
tras él la "tía María"
presta deja su fragancia
repartida por la estancia
con una gran alegría.
Siempre fiel, siempre sincero,
sin ocultar su perfume
del que ante el pueblo presume
como un señor caballero,
pregona ante el mundo entero
y, con su parla sincera,
que es el señor de la acera,
de los jardines y parque.
Y no hay rincón que no marque
en una ciudad cualquiera.
Resbalaba el caminante
que ponía en él la suela
y patinaba la abuela
si no andaba vigilante.
A tierra fue el petulante
que a la tierra no miraba
y cuando tendido estaba,
con la nariz mal olía
lo que en medio de la vía
aquel hedor emanaba.
Mierda que se emancipaba
cuando del ano salía
y en la acera se perdía
nada más que la cagaba
la perra que ella llevaba
sin importar que a su vera
se defecara en la acera.
La perra de aquella guarra
si en su boca la enfilara,
¡ Qué alegría me diera!
Se abre el cráter ruidoso
y el blando magma rebulle,
sale y luego se zambulle
pestífero y sulfuroso.
Sigue estando tembloroso
sobre blanca porcelana
cual una rosa galana
que perfumara la estancia
con olorosa fragancia
llegando hasta la ventana.
El tunel desde la entrada
a la salida del mismo,
un volcán o un seismo
crujen en la contornada.
Es vidriosa la mirada
del que resiste el azufre
y con fiereza lo sufre
igual que sufre la "lava"
que cual torrente se clava
en la patata que nutre.
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