child-of-the-grave
Poeta adicto al portal
Silencio en el sueño de tu reverso
Soñé con el mural de tu espalda.
Mis ojos como góndolas
intentaban navegar
la extensidad de
tu espina dorsal,
pero se desviaban
por los arreicos canales
de tus costillas, girando
desorbitados en las brújulas
brunas de mis pupilas.
Era inútil.
Imposible establecer
un rumbo.
El norte de tus pechos
se escondía cual ocaso
en el jardín de tu torso,
dejándome a oscuras
en el infinito frío de
la sombra de tu dorso.
En su lobreguez
tan sólo florecían
cactus en mis sienes
y cada paso violaba
la pretérita perfección
de las orquídeas que
aniquiló el silencio
falta de sangre que
brotase por la boca.
Los cactus absorbían
cada letra y se nutrían
de toda palabra forjada,
engrandeciendo
sus espinas con
el festín de frases
innatas que envilecían
mi mutismo.
Mientras,
de las orquídeas,
se desprendían pétalos
de miradas expectantes
que resonaban en la elipsis
de mis anhelos.
Yo hubiese gritado,
te lo juro.
Pero, ya sabés,
la especie que primero
evoluciona
es la que sobrevive.
Al sur de tus piernas lo aislaba
una tormenta de arena
que atravesaba tu cadera.
Y podría jurar que
cada una de tus vértebras
era una palabra que yo callaba.
Todas en filas, enterradas
en las cenizas del tiempo,
morenas como el recuerdo
del café de tu cuerpo.
Recorría cada ladrillo,
cada uno de los panales
de tu decepción.
Era un zángano
en busca de la reina:
carecía de aguijón
para combatir por la miel
que nunca supe producir.
Indiferente
a mis esfuerzos,
tardíos,
la tormenta
se embravecía
y aumentaban
los muertos raquídeos.
Era de noche en tu espalda
y yo imploraba la mañana,
el momento en que el sol
iluminara el sendero
hacia la primavera
de tus oídos.
Rogaba por abandonar
el invierno de tus silencios
que llovían ácidos
sobre mi cuerpo cansado
y desatar el otoño
de mis palabras.
Vencido,
me arrojé del universo paralelo
del desierto reverso de tu cuerpo
en el que no supe escribir
un poema a tiempo.
El suicidio es el final del sueño;
mi infierno, vivir de ellos.
Mis ojos como góndolas
intentaban navegar
la extensidad de
tu espina dorsal,
pero se desviaban
por los arreicos canales
de tus costillas, girando
desorbitados en las brújulas
brunas de mis pupilas.
Era inútil.
Imposible establecer
un rumbo.
El norte de tus pechos
se escondía cual ocaso
en el jardín de tu torso,
dejándome a oscuras
en el infinito frío de
la sombra de tu dorso.
En su lobreguez
tan sólo florecían
cactus en mis sienes
y cada paso violaba
la pretérita perfección
de las orquídeas que
aniquiló el silencio
falta de sangre que
brotase por la boca.
Los cactus absorbían
cada letra y se nutrían
de toda palabra forjada,
engrandeciendo
sus espinas con
el festín de frases
innatas que envilecían
mi mutismo.
Mientras,
de las orquídeas,
se desprendían pétalos
de miradas expectantes
que resonaban en la elipsis
de mis anhelos.
Yo hubiese gritado,
te lo juro.
Pero, ya sabés,
la especie que primero
evoluciona
es la que sobrevive.
Al sur de tus piernas lo aislaba
una tormenta de arena
que atravesaba tu cadera.
Y podría jurar que
cada una de tus vértebras
era una palabra que yo callaba.
Todas en filas, enterradas
en las cenizas del tiempo,
morenas como el recuerdo
del café de tu cuerpo.
Recorría cada ladrillo,
cada uno de los panales
de tu decepción.
Era un zángano
en busca de la reina:
carecía de aguijón
para combatir por la miel
que nunca supe producir.
Indiferente
a mis esfuerzos,
tardíos,
la tormenta
se embravecía
y aumentaban
los muertos raquídeos.
Era de noche en tu espalda
y yo imploraba la mañana,
el momento en que el sol
iluminara el sendero
hacia la primavera
de tus oídos.
Rogaba por abandonar
el invierno de tus silencios
que llovían ácidos
sobre mi cuerpo cansado
y desatar el otoño
de mis palabras.
Vencido,
me arrojé del universo paralelo
del desierto reverso de tu cuerpo
en el que no supe escribir
un poema a tiempo.
El suicidio es el final del sueño;
mi infierno, vivir de ellos.
::