Juan Carlos Acosta
Poeta recién llegado
Paradójicamente y de forma paralela a la situación que estamos viviendo, el silencio sobrevuela los tejados y las azoteas de las casas. No es un silencio mudo porque puede oírse el canto de los pájaros, pero sí que es un silencio atolondrado, lleno de jirones de ruidos sordos a todas horas, en las que los mensajes rebotan contra las paredes de las calles o salen por las ventanas y forman torbellinos que se elevan y vuelven a caer para entrar en los zaguanes y subir escaleras para descenderlas de nuevo. Es un silencio gélido que se adhiere a los muros y a los bancos de las plazas. Es el silencio de un enorme torrente de opiniones, noticias y luchas en redes que se amontonan para alimentarse a sí mismas y desembocar en el más contundente de los vacíos. Un silencio que recorre los parques y se cuela entre los árboles, que se posa en las farolas, que sopla en las avenidas y muere en las orillas de las playas acallado poco a poco por las olas.