Pablo Alonso
Poeta asiduo al portal
Es inevitable dejarme llevar por cada gota de agua
que se impregna en mi ventana
y no perturbar mi alma con lo nostálgico,
con lo que la naturaleza me canta a rayos,
a relámpagos, a truenos de voz gruesa.
El cielo parecía hasta hace un rato imperturbable,
y yo junto con él como ataráxico,
porque cuando entro en mi laberinto de paredes
frías y superfluas, en mis jardines de espinas
y escasas flores, haciendo lo mío
(¡cómo si algo fuese mío verdaderamente!)
quisiera que nada me saque de allí,
y perderme, pues no hay mayor gozo para mi espíritu
que perderme en mi inconsciencia
lejos de tanta inconsciencia.
Ya no está imperturbable, ahora el cielo llora
con lágrimas levemente pintadas de azul,
ubérrimas, que bajan entonando un nimio canto
de óxido y latas clavadas,
y una que otra sostenida por un ladrillo.
Yo tampoco estoy ataráxico, me despisté
porque la primera gota que rozó mi ventana
ha caído tan lento que yo la seguí con los ojos
hasta que se perdió en el horizonte que dibuja el concreto.
He allí el cambio:
¡dejé de ser yo y me hice lluvia!
y lavé las canoas colmadas de hojas,
restregué con fuerza las paredes mohosas,
empapé los cristales de los autos,
humedecí uno que otro árbol agradecido,
mojé lívidas y carminosas caras,
rocié el vuelo de un ave, de un insecto, de un sueño
De repente un haz de luz fortísimo
ilumina mi mirada perdida,
y el olor a tierra mojada me hizo recordar
que no era yo sino apenas un boceto no terminado,
una paradoja perenne, un total desconocido,
una gota fútil que va llevando un río.
que se impregna en mi ventana
y no perturbar mi alma con lo nostálgico,
con lo que la naturaleza me canta a rayos,
a relámpagos, a truenos de voz gruesa.
El cielo parecía hasta hace un rato imperturbable,
y yo junto con él como ataráxico,
porque cuando entro en mi laberinto de paredes
frías y superfluas, en mis jardines de espinas
y escasas flores, haciendo lo mío
(¡cómo si algo fuese mío verdaderamente!)
quisiera que nada me saque de allí,
y perderme, pues no hay mayor gozo para mi espíritu
que perderme en mi inconsciencia
lejos de tanta inconsciencia.
Ya no está imperturbable, ahora el cielo llora
con lágrimas levemente pintadas de azul,
ubérrimas, que bajan entonando un nimio canto
de óxido y latas clavadas,
y una que otra sostenida por un ladrillo.
Yo tampoco estoy ataráxico, me despisté
porque la primera gota que rozó mi ventana
ha caído tan lento que yo la seguí con los ojos
hasta que se perdió en el horizonte que dibuja el concreto.
He allí el cambio:
¡dejé de ser yo y me hice lluvia!
y lavé las canoas colmadas de hojas,
restregué con fuerza las paredes mohosas,
empapé los cristales de los autos,
humedecí uno que otro árbol agradecido,
mojé lívidas y carminosas caras,
rocié el vuelo de un ave, de un insecto, de un sueño
De repente un haz de luz fortísimo
ilumina mi mirada perdida,
y el olor a tierra mojada me hizo recordar
que no era yo sino apenas un boceto no terminado,
una paradoja perenne, un total desconocido,
una gota fútil que va llevando un río.