Alas de marioneta
Poeta asiduo al portal
Puede que todavía esté ahí ese agujero en la siembra
donde entre tomates y olivos, jugábamos a las canicas.
Tú tan dulce, acariciando el cristal y yo, tan bestia,
empujándote con mis dedos y contra tus meteoritos, mis planetas.
Puede que siga ahí esa nota macabra que encontramos tras la siesta
donde el hijo de la Pili decía que eras suya y tú, que no lo eras
y yo, como borracho de un hechizo de bruja, recordaba aquella fiesta
donde vestidos de pinocho quemamos el primer beso entre maderas.
Puede que todavía esté ahí esa desgastada pandereta
con la que llamábamos a los grillos con una rumba entre las piedras,
saltando como apaches en el rito alrededor de una hoguera
que no tenía fuego ni nada, solo trece cristales en círculo en la tierra.
Puede que todavía esté ahí, aunque puede que nadie lo sepa,
aquel anillo de plata que te regalé cuando no tenías más ropa puesta
que tus pestañas bailando al viento, en el suelo, tu camiseta,
junto al río tus miedos y en mi corazón, un universo poblado de tus sonrisas a ciegas
donde entre tomates y olivos, jugábamos a las canicas.
Tú tan dulce, acariciando el cristal y yo, tan bestia,
empujándote con mis dedos y contra tus meteoritos, mis planetas.
Puede que siga ahí esa nota macabra que encontramos tras la siesta
donde el hijo de la Pili decía que eras suya y tú, que no lo eras
y yo, como borracho de un hechizo de bruja, recordaba aquella fiesta
donde vestidos de pinocho quemamos el primer beso entre maderas.
Puede que todavía esté ahí esa desgastada pandereta
con la que llamábamos a los grillos con una rumba entre las piedras,
saltando como apaches en el rito alrededor de una hoguera
que no tenía fuego ni nada, solo trece cristales en círculo en la tierra.
Puede que todavía esté ahí, aunque puede que nadie lo sepa,
aquel anillo de plata que te regalé cuando no tenías más ropa puesta
que tus pestañas bailando al viento, en el suelo, tu camiseta,
junto al río tus miedos y en mi corazón, un universo poblado de tus sonrisas a ciegas