Puso a hervir agua, pero impulsado por un puntazo en la cabeza, lo ubicaba al sitio donde olvidó su semanario predilecto. Pero vano el hallazgo. Al no ver adjunto su magnífico lapicero bañado en oro —artefacto fiel en los certámenes en las que participaba—. Fue cuando su monomanía empeoró. Tomando un cuchillo, desató su ira contra aquella publicación, y arrojándola al agua hirviente. Elías conocido crucigramista, había sucumbido en el arrebato.