Quisiera convertirme en polvo, deshacerme entre tus manos y no desmoronarme poco a poco en soledad a pies de la intemperie de la noche fría en mi terraza, sintiendo cómo el viento golpea mi cuerpo ciñendo mi camisón de seda hasta las rodillas, que sostienen unos delgados tirantes, mismos que se pierden con mi cabello al revolotear a mi alrededor.
Las luces de la ciudad me ciegan, me llaman como luciérnagas en un bosque. Sólo un paso más y llegaré al cielo, o en el mejor de los casos; al infierno, por muy bajo o alto que sea este edificio.
Una lágrima que se seca casi inmediatamente al contacto con el aire, una caricia que se evapora con ella, un abrazo que se esfuma impidiendo que me salves una vez más.
Y me despido de mano de la orilla, la rozo y acaricio un poco sintiendo la ultima sensación áspera además de mi alma por tu beso seco, frio e insípido ultimo de nosotros.
En vez de repararme me lesionaste todavía más y más.
Vamos loca! Salta! Vamos hazlo ya!
Me grita mi alma rota y mi soledad. Esas dos malditas que me hacen extrañarte aun más. Me gritan voces llenas de coraje, odio y ansiedad.
Y ahora eres tú quien se para en una esquina, altanero, grosero y presumido como siempre que te diriges a mí, recargado en la pared con los brazos y piernas cruzadas, mirándome con el gesto de hastío por mi patetiquismo.
¡Hazlo, salta ya!: lo dices fría y cruelmente. ¡Vamos, salta ya!
Otra vez ese tono incrédulo y dictador de mí, impaciente sin moverte ni un milímetro.
Un silencio, una duda mía, una chispa de valentía y vuelves a hablar.
Sabes que no vale la pena, nadie la vale. Ni siquiera yo. Dices con esa mirada incrédula, ese gesto de hastío y ese tono cruel y burlón tan característico tuyo.
Vamos, yo te agarro. Te levantas de tu pose, te acercas a mí, caminas lentamente con ese tu paso tambaleante en sig-sag de tus pies uno detrás del otro, esa apatía con la que te acercas a mí, tu camisa y tu traje que se ondulan con el aire.
Llegas a mi lado, sacas las manos de los bolsillos, (sin tu celular o tu cubo de Rubik; ¡milagro!) las sacudes y levantas una hacia mí, me pides con un gesto que te tome, me sostenga de tu mano y dé un paso más cercano a la orilla.
Sólo, ahí estirada, fría, helada; tu mano me acompaña.
En un instante desapareces junto con mi equilibrio, araño al viento con mis manos tambaleantes buscando de donde sostenerse. Mis intentos son insuficientes.
Te busco con la mirada, mi gesto inescrutable, te veo en la orilla, de pie mirándome caer.
Nos vemos pronto. Aquí te espero.
Las luces de la ciudad me ciegan, me llaman como luciérnagas en un bosque. Sólo un paso más y llegaré al cielo, o en el mejor de los casos; al infierno, por muy bajo o alto que sea este edificio.
Una lágrima que se seca casi inmediatamente al contacto con el aire, una caricia que se evapora con ella, un abrazo que se esfuma impidiendo que me salves una vez más.
Y me despido de mano de la orilla, la rozo y acaricio un poco sintiendo la ultima sensación áspera además de mi alma por tu beso seco, frio e insípido ultimo de nosotros.
En vez de repararme me lesionaste todavía más y más.
Vamos loca! Salta! Vamos hazlo ya!
Me grita mi alma rota y mi soledad. Esas dos malditas que me hacen extrañarte aun más. Me gritan voces llenas de coraje, odio y ansiedad.
Y ahora eres tú quien se para en una esquina, altanero, grosero y presumido como siempre que te diriges a mí, recargado en la pared con los brazos y piernas cruzadas, mirándome con el gesto de hastío por mi patetiquismo.
¡Hazlo, salta ya!: lo dices fría y cruelmente. ¡Vamos, salta ya!
Otra vez ese tono incrédulo y dictador de mí, impaciente sin moverte ni un milímetro.
Un silencio, una duda mía, una chispa de valentía y vuelves a hablar.
Sabes que no vale la pena, nadie la vale. Ni siquiera yo. Dices con esa mirada incrédula, ese gesto de hastío y ese tono cruel y burlón tan característico tuyo.
Vamos, yo te agarro. Te levantas de tu pose, te acercas a mí, caminas lentamente con ese tu paso tambaleante en sig-sag de tus pies uno detrás del otro, esa apatía con la que te acercas a mí, tu camisa y tu traje que se ondulan con el aire.
Llegas a mi lado, sacas las manos de los bolsillos, (sin tu celular o tu cubo de Rubik; ¡milagro!) las sacudes y levantas una hacia mí, me pides con un gesto que te tome, me sostenga de tu mano y dé un paso más cercano a la orilla.
Sólo, ahí estirada, fría, helada; tu mano me acompaña.
En un instante desapareces junto con mi equilibrio, araño al viento con mis manos tambaleantes buscando de donde sostenerse. Mis intentos son insuficientes.
Te busco con la mirada, mi gesto inescrutable, te veo en la orilla, de pie mirándome caer.
Nos vemos pronto. Aquí te espero.