Évano
Libre, sin dioses.
La luz incendiaba de plata el inmenso océano que titilaba en los ojos de una bella mujer. Desnuda, nadaba e inhalaba el aire de vitalidad, sumergiéndose en las aguas cálidas, entre las destellos que penetraban a su alrededor y los millones de peces de colores cercanos, con el trasfondo de delfines y ballenas y cachalotes lejanos saltando. Sus piernas se juntaron y escamaron en aleta final, convirtiéndose en branquias los pulmones. De los pezones de sus pechos erizados surgía una estela que descendía a los abismos para emerger de repente, tras haber tocado fondo, y volar, con la fuerza de un gigantesco albatros, sobre el mundo prometido. Las alas del ángel abarcaban las montañas. El latir de su corazón era la fuerza del planeta. Pequeños humanos labraban entre animales herbívoros, cantando a los vientos y soles de una primavera eterna.
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