Von Lioncourt
Poeta recién llegado
Suerte que sea de noche en mi mirada
que las estrellas apagadas no me vean,
escurriéndome entre callejuelas y balcones,
evitando ser tocada, escondiéndome del orbe.
Suerte que sean tan sordos mis oídos
que no me alcancen las notas de tu melodía,
ignorar tu música, que ayer me llamaba,
que me incitó a amarte, que caí en un torrente
de cadencias de pasión, que hoy son de mi funeral
la canción.
Suerte que ya no sea capáz de conciliar el sueño,
que el ángel de la fascinación se haya exiliado,
que las praderas de mi mente esten tan secas y muertas
como los huesos tendidos en la seda negra de mi féretro.
Suerte que sea el invierno de mi vida,
que sea el ocaso de mi inicuo amor a tí,
que se me congele la sangre de las venas, las arterias,
del corazón, que se quede tan paralizado, que se
vuelva hielo, piedra.
que las estrellas apagadas no me vean,
escurriéndome entre callejuelas y balcones,
evitando ser tocada, escondiéndome del orbe.
Suerte que sean tan sordos mis oídos
que no me alcancen las notas de tu melodía,
ignorar tu música, que ayer me llamaba,
que me incitó a amarte, que caí en un torrente
de cadencias de pasión, que hoy son de mi funeral
la canción.
Suerte que ya no sea capáz de conciliar el sueño,
que el ángel de la fascinación se haya exiliado,
que las praderas de mi mente esten tan secas y muertas
como los huesos tendidos en la seda negra de mi féretro.
Suerte que sea el invierno de mi vida,
que sea el ocaso de mi inicuo amor a tí,
que se me congele la sangre de las venas, las arterias,
del corazón, que se quede tan paralizado, que se
vuelva hielo, piedra.