Antonio González
Poeta recién llegado
Te veo acercarte, imponente.
Noto tu figura, como añoraba.
Mi alma se regocija intranquila.
Los artificios terrenales son despojados;
Los accesorios innecesarios, desechados;
Los obstáculos obvios, eliminados;
Los protocolos sociales, olvidados.
Sobre tu esfinge, sin acritud,
mis emisarios deposito,
hablando palabras ininteligibles
de gesto monótono;
ensayos de oes prominentes
que se depositan en cada parte,
en cada rincón de tu papiro.
Te pido que des la vuelta a la página.
En el reverso leo igual de bella novela
que en el anverso.
Y aunque menos explícita,
mi imaginación la acata.
Te recuerda yéndote,
con tu peculiar contoneo,
que ahora descubre al natural.
Siguen las caras de pez
recorriendo tu pecera,
desde la arena a la superficie.
Protuberantes masas glandulares
terminadas en dulces fresas
que friccionan sensualmente tu cristal,
deteniéndose donde notan que rechina,
entreteniendo allí el paseo.
No hay más, no llega a más,
eso es suficiente, mantenido,
relajado, sostenido, suspirado
hasta que llega a notarse mojado.
Te veo marchar al cabo.
No me dices adiós:
no quieres mirar atrás,
pronto volverás a verme,
y entonces mi pluma
no dejará de escribir en ti
hasta que se quede exhausta,
sin tinta y sin papel.
Noto tu figura, como añoraba.
Mi alma se regocija intranquila.
Los artificios terrenales son despojados;
Los accesorios innecesarios, desechados;
Los obstáculos obvios, eliminados;
Los protocolos sociales, olvidados.
Sobre tu esfinge, sin acritud,
mis emisarios deposito,
hablando palabras ininteligibles
de gesto monótono;
ensayos de oes prominentes
que se depositan en cada parte,
en cada rincón de tu papiro.
Te pido que des la vuelta a la página.
En el reverso leo igual de bella novela
que en el anverso.
Y aunque menos explícita,
mi imaginación la acata.
Te recuerda yéndote,
con tu peculiar contoneo,
que ahora descubre al natural.
Siguen las caras de pez
recorriendo tu pecera,
desde la arena a la superficie.
Protuberantes masas glandulares
terminadas en dulces fresas
que friccionan sensualmente tu cristal,
deteniéndose donde notan que rechina,
entreteniendo allí el paseo.
No hay más, no llega a más,
eso es suficiente, mantenido,
relajado, sostenido, suspirado
hasta que llega a notarse mojado.
Te veo marchar al cabo.
No me dices adiós:
no quieres mirar atrás,
pronto volverás a verme,
y entonces mi pluma
no dejará de escribir en ti
hasta que se quede exhausta,
sin tinta y sin papel.