Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Tatuada a mi piel
como una herida que no cicatriza,
como la sombra que insiste
en seguirme incluso en la oscuridad.
Eres fuego que arde bajo la piel,
que me quema en silencio,
pero no me consume.
Te siento en mis venas,
en cada latido que se acelera
al recordarte,
y te odio por eso,
por no ser ni ausencia ni presencia,
solo un eco constante
que no se apaga.
Tu nombre
se enreda en mis pensamientos
como una mala hierba
que crece en el rincón de mi mente,
y aunque quiero arrancarte,
te quedas,
secreta, inquebrantable,
en cada cicatriz invisible
que tu amor me dejó.
Vuelves con la lluvia,
con el silencio de la noche,
con el viento que trae
tu aroma a nostalgia.
Y aunque quisiera olvidar,
me aferro a ti
como si tu sombra fuera lo único
que aún me queda de mí.
Te llevo tatuada,
no en la piel,
sino en el alma,
donde ni el tiempo ni el olvido
pueden arrancarte.
como una herida que no cicatriza,
como la sombra que insiste
en seguirme incluso en la oscuridad.
Eres fuego que arde bajo la piel,
que me quema en silencio,
pero no me consume.
Te siento en mis venas,
en cada latido que se acelera
al recordarte,
y te odio por eso,
por no ser ni ausencia ni presencia,
solo un eco constante
que no se apaga.
Tu nombre
se enreda en mis pensamientos
como una mala hierba
que crece en el rincón de mi mente,
y aunque quiero arrancarte,
te quedas,
secreta, inquebrantable,
en cada cicatriz invisible
que tu amor me dejó.
Vuelves con la lluvia,
con el silencio de la noche,
con el viento que trae
tu aroma a nostalgia.
Y aunque quisiera olvidar,
me aferro a ti
como si tu sombra fuera lo único
que aún me queda de mí.
Te llevo tatuada,
no en la piel,
sino en el alma,
donde ni el tiempo ni el olvido
pueden arrancarte.