José Cornejo Valadez
Poeta recién llegado
Me lo dijo aquella noche
que estaba la luna llena,
la luna llena que estaba
de plata, alumbrando espléndida,
con sus rayos enredados
en la espesa enredadera
que por su balcón subía
hasta la ventana abierta,
pintando en blanco las hojas
cual lindo collar de perlas.
Era una noche de agosto,
soplaba una brisa tersa,
después de que por la tarde
abrió el cielo sus compuertas
con un aguacero intenso
que corrió por las banquetas,
lavando el polvo y dejando
brillar de limpias las hierbas
y el cielo muy transparente
donde miríadas de estrellas
titilaban suavemente
como gigantes luciérnagas
sobre un negro terciopelo...
¿te acuerdas, mujer, te acuerdas?...
Te vas me dijiste entonces-
para otras lejanas tierras,
sabiendo bien que en mi pecho,
profundo un vacío me dejas.
Vas a buscar tu futuro,
según me dices.¿Qué esperas?...
Que Dios te indique el camino
y de esto no te arrepientas.
Que no me encuentres casada
si es que algún día regresas.
Y entonces, ya sin remedio,
maldecirás la torpeza
de abandonar lo seguro
en aras de una promesa...
y no la encontré casada,
ni la encontré, estaba muerta;
según algunos de tisis,
según otros de tristeza.
Cuando lo supe me fui
de aquel pueblo que nos viera
paseando, todas las tardes
de la mano, en sus callejas...
!Que lindas tardes aquellas!
¡Te acuerdas, mujer, te acuerdas!...
Más de treinta años pasados,
muy cerca de los cuarenta,
cuando volví a la ventana
de aquella casona vieja;
la tenue brisa de oriente
barría las hojas secas
que en solar de su casa
lloraba la madreselva:
pañuelos llenos de llanto,
brillando de gotas frescas.
Más de treinta años, Dios mío,
el tiempo ¡quién lo dijera!,
es el más cruel enemigo
y el corazón no se tienta,
para destrozar del alma
las esperanzas risueñas...
!Cuánto soñamos entonces
un cielo lleno de estrellas
en nuestras vidas muy juntas!
¡Te acuerdas, mujer, te acuerdas!...
Hoy, un hombre bien maduro,
pasados de los cincuenta,
en tu casa abandonada
vengo a cumplir una deuda:
soy feliz y estoy casado,
y mi dulce compañera,
hermosa y trabajadora,
es una mujer muy buena;
tengo tres hijos hermosos:
dos príncipes y una reina...
el destino, impredecible,
nos acerca o nos aleja
a su arbitrio o a su antojo
sin tomarnos nunca en cuenta.
Somos plumas en el viento
que hacia donde quiere lleva
sin tomarse concesiones
y sin nada que se pueda
hacer para detenerse;
no se compran con moneda
sus designios, simplemente
uno marcha por la senda...
pero sin embargo quiero,
recordando la tragedia
que nos separó ese tiempo;
decir que aunque no lo quiera;
evocando del pasado
las no cumplidas promesas,
porque por oscura suerte
tengo el alma de poeta,
que a pesar de ya no amarte,
mi corazón te recuerda...
que estaba la luna llena,
la luna llena que estaba
de plata, alumbrando espléndida,
con sus rayos enredados
en la espesa enredadera
que por su balcón subía
hasta la ventana abierta,
pintando en blanco las hojas
cual lindo collar de perlas.
Era una noche de agosto,
soplaba una brisa tersa,
después de que por la tarde
abrió el cielo sus compuertas
con un aguacero intenso
que corrió por las banquetas,
lavando el polvo y dejando
brillar de limpias las hierbas
y el cielo muy transparente
donde miríadas de estrellas
titilaban suavemente
como gigantes luciérnagas
sobre un negro terciopelo...
¿te acuerdas, mujer, te acuerdas?...
Te vas me dijiste entonces-
para otras lejanas tierras,
sabiendo bien que en mi pecho,
profundo un vacío me dejas.
Vas a buscar tu futuro,
según me dices.¿Qué esperas?...
Que Dios te indique el camino
y de esto no te arrepientas.
Que no me encuentres casada
si es que algún día regresas.
Y entonces, ya sin remedio,
maldecirás la torpeza
de abandonar lo seguro
en aras de una promesa...
y no la encontré casada,
ni la encontré, estaba muerta;
según algunos de tisis,
según otros de tristeza.
Cuando lo supe me fui
de aquel pueblo que nos viera
paseando, todas las tardes
de la mano, en sus callejas...
!Que lindas tardes aquellas!
¡Te acuerdas, mujer, te acuerdas!...
Más de treinta años pasados,
muy cerca de los cuarenta,
cuando volví a la ventana
de aquella casona vieja;
la tenue brisa de oriente
barría las hojas secas
que en solar de su casa
lloraba la madreselva:
pañuelos llenos de llanto,
brillando de gotas frescas.
Más de treinta años, Dios mío,
el tiempo ¡quién lo dijera!,
es el más cruel enemigo
y el corazón no se tienta,
para destrozar del alma
las esperanzas risueñas...
!Cuánto soñamos entonces
un cielo lleno de estrellas
en nuestras vidas muy juntas!
¡Te acuerdas, mujer, te acuerdas!...
Hoy, un hombre bien maduro,
pasados de los cincuenta,
en tu casa abandonada
vengo a cumplir una deuda:
soy feliz y estoy casado,
y mi dulce compañera,
hermosa y trabajadora,
es una mujer muy buena;
tengo tres hijos hermosos:
dos príncipes y una reina...
el destino, impredecible,
nos acerca o nos aleja
a su arbitrio o a su antojo
sin tomarnos nunca en cuenta.
Somos plumas en el viento
que hacia donde quiere lleva
sin tomarse concesiones
y sin nada que se pueda
hacer para detenerse;
no se compran con moneda
sus designios, simplemente
uno marcha por la senda...
pero sin embargo quiero,
recordando la tragedia
que nos separó ese tiempo;
decir que aunque no lo quiera;
evocando del pasado
las no cumplidas promesas,
porque por oscura suerte
tengo el alma de poeta,
que a pesar de ya no amarte,
mi corazón te recuerda...