El Poeta del Asfalto
Poeta adicto al portal
Odio este oficio…
Y ese poco de piel mía atrapada
entre toda esta garra que circunda.
Cuando hablo de vos,
se me esperanza la voz
aunque tenga que aceptar que estoy preso.
Y odiar a este deber de sombras
que se recortan contra la pared de la caverna.
Y me digo:
“Mal tiempo es bueno para cambiar.”
Llueven necesarias desilusiones
sobre un hombre gris en llamas.
Mucho tiempo desperdiciado,
muchas calles que nos separan.
Tonterías y desconocimiento
dado a malas interpretaciones.
Eso.
No lo que se dice por ahí,
o los triunfos o humillaciones
que mutuamente no nos adjudicamos.
Nunca nos echamos esas cosas en cara.
El mundo nos empuja la frustración subterránea,
y esos sentimientos pujan,
hasta que afloran al cruzarnos la mirada.
Somos simples necios,
pobres diablos apenas,
bajo un cielo duro.
En el lenguaje que hemos pronunciado,
ni en el que diremos,
no está descubierta, aún, la palabra que encaja.
La que se aflojará de pronto
hasta caer rendida de temor
antes de ser pronunciada.
Estaremos parados sobre concreto,
será un día de tantos.
El final de la tarde se oirá rechinar
como un mundo deteniéndose casi en seco.
Te miraré a los ojos,
la voz me temblará otra vez,
y no podré terminar de decírtelo del todo.
Parecerá derrumbarse todo el esfuerzo de nuevo
bajo un golpe de suerte,
Pero tu abrazo y unas lágrimas dirán
que esa palabra de siete puntas no hacía falta.
Que nos perdonamos al fin.
Que es tan sólo:
un poco tarde…
Y ese poco de piel mía atrapada
entre toda esta garra que circunda.
Cuando hablo de vos,
se me esperanza la voz
aunque tenga que aceptar que estoy preso.
Y odiar a este deber de sombras
que se recortan contra la pared de la caverna.
Y me digo:
“Mal tiempo es bueno para cambiar.”
Llueven necesarias desilusiones
sobre un hombre gris en llamas.
Mucho tiempo desperdiciado,
muchas calles que nos separan.
Tonterías y desconocimiento
dado a malas interpretaciones.
Eso.
No lo que se dice por ahí,
o los triunfos o humillaciones
que mutuamente no nos adjudicamos.
Nunca nos echamos esas cosas en cara.
El mundo nos empuja la frustración subterránea,
y esos sentimientos pujan,
hasta que afloran al cruzarnos la mirada.
Somos simples necios,
pobres diablos apenas,
bajo un cielo duro.
En el lenguaje que hemos pronunciado,
ni en el que diremos,
no está descubierta, aún, la palabra que encaja.
La que se aflojará de pronto
hasta caer rendida de temor
antes de ser pronunciada.
Estaremos parados sobre concreto,
será un día de tantos.
El final de la tarde se oirá rechinar
como un mundo deteniéndose casi en seco.
Te miraré a los ojos,
la voz me temblará otra vez,
y no podré terminar de decírtelo del todo.
Parecerá derrumbarse todo el esfuerzo de nuevo
bajo un golpe de suerte,
Pero tu abrazo y unas lágrimas dirán
que esa palabra de siete puntas no hacía falta.
Que nos perdonamos al fin.
Que es tan sólo:
un poco tarde…