Robsalz
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tenía tan lindas las caderas
y aquellas piernas contorneadas,
como un diseño de ebanistería
y su piel morena que padecía
de esa rara enfermedad de provocar deseo.
Y el escote, aquella blusa que se asfixiaba
porque sus pechos limitaban el aire,
y yo mirándola pecaba
porque quería liberar su blusa de aquél suplicio.
Vaya desperdicio que era en ella la lencería
si aquella piel era para mostrarse tal cual,
se sentaba junto a mí y mi mirada se iba
en el movimiento de sus piernas al cruzar.
Si hasta su nombre tengo en mi lengua,
tenía tan lindas las caderas
que cuando se daba la vuelta
sus nalgas asemejaban un par de buñuelos,
y sus piernas eran una confitería
para los que usan insulina en sus sueños.
Posiblemente eché una mirada de más
cuando me pedía ayuda en algún trabajo,
adicta a las gaseosas y yo al dulce pecado
de ajustar mis ojos sin parpadear.
Tenía tan lindas las caderas,
y se sentaba ajustada al sillón
a colorear el ambiente de lujuria
y a resucitar los muertos que iban a la basura
a buscar algo de comer.
Si hasta su nombre tengo en mi lengua,
y el olor de su perfume en mi nariz,
una tanga azul que le vi puesta
cuando se giró en su silla un día frente a mí
y aquellas piernas contorneadas,
como un diseño de ebanistería
y su piel morena que padecía
de esa rara enfermedad de provocar deseo.
Y el escote, aquella blusa que se asfixiaba
porque sus pechos limitaban el aire,
y yo mirándola pecaba
porque quería liberar su blusa de aquél suplicio.
Vaya desperdicio que era en ella la lencería
si aquella piel era para mostrarse tal cual,
se sentaba junto a mí y mi mirada se iba
en el movimiento de sus piernas al cruzar.
Si hasta su nombre tengo en mi lengua,
tenía tan lindas las caderas
que cuando se daba la vuelta
sus nalgas asemejaban un par de buñuelos,
y sus piernas eran una confitería
para los que usan insulina en sus sueños.
Posiblemente eché una mirada de más
cuando me pedía ayuda en algún trabajo,
adicta a las gaseosas y yo al dulce pecado
de ajustar mis ojos sin parpadear.
Tenía tan lindas las caderas,
y se sentaba ajustada al sillón
a colorear el ambiente de lujuria
y a resucitar los muertos que iban a la basura
a buscar algo de comer.
Si hasta su nombre tengo en mi lengua,
y el olor de su perfume en mi nariz,
una tanga azul que le vi puesta
cuando se giró en su silla un día frente a mí