José rubiel Amaya Amaya
Poeta asiduo al portal
Divagaba perdido entre la gente,
Sin rumbo, como náufrago en el mar,
Por las callejuelas dormidas
Y rotas de la gran ciudad.
Detuve mi paso en la esquina,
Una de esas muchas,
Meditabundo observe el merodear
De la multitud que no me daba más
Que indiferencia, una suma más
Al martirio de mi soledad.
Dura es la vida dije,
Entre el silencio opacado y triste,
¿Por qué? Mientras unos tienen compañía,
Hay otros tantos llorando soledad;
¡Tengo que ser uno de ellos!
¿Por qué? Señor, ¿por qué?
Daban vueltas los pensamientos
En mi mente atormentada.
Cuando de repente te vi…
Como un sueño en mi alucinación;
¡Ya no estoy solo exclame! ya no,
Gracias, gracias señor.
Eras la bella de aquel ayer,
Me inspirabas un poema de amor,
Al mirarte tan suave y tierna
Cual brisa mañanera.
Como un cálido rayo de sol
Me iluminabas en aquel entonces;
¿Y aquí de nuevo…? para alegrar
Mis ojos, mi ser, mi espíritu;
Hermoso sueño pronuncié muy quedo.
Después de la ternura desbordada
De un saludo placentero,
El curso lento empezó el amor
Cabalgando en la esperanza.
Ya eras más mujer,
Y yo tal vez; más hombre,
Pero cual niños juguetones,
Caminábamos, reíamos y soñábamos.
Nos olvidamos de la muchedumbre,
De lo que no estuviera
Relacionado con nosotros,
Ya solía ser un paraíso la ciudad,
O cualquier otro sitio.
Juntos éramos una oportunidad,
Que el destino había unido,
No sabíamos por cuanto tiempo,
Pero no importaba preguntarlo,
Teníamos que ser felices
Y eso éramos, felices,
Como gacelas en el bosque.
Eros nos guió, hasta envolvernos
En las gasas vaporosas del deseo,
Y rodamos por el paraíso del amor,
Como se mezclan los metales en un crisol,
Un crisol hecho de dos… tú y yo.
Sin rumbo, como náufrago en el mar,
Por las callejuelas dormidas
Y rotas de la gran ciudad.
Detuve mi paso en la esquina,
Una de esas muchas,
Meditabundo observe el merodear
De la multitud que no me daba más
Que indiferencia, una suma más
Al martirio de mi soledad.
Dura es la vida dije,
Entre el silencio opacado y triste,
¿Por qué? Mientras unos tienen compañía,
Hay otros tantos llorando soledad;
¡Tengo que ser uno de ellos!
¿Por qué? Señor, ¿por qué?
Daban vueltas los pensamientos
En mi mente atormentada.
Cuando de repente te vi…
Como un sueño en mi alucinación;
¡Ya no estoy solo exclame! ya no,
Gracias, gracias señor.
Eras la bella de aquel ayer,
Me inspirabas un poema de amor,
Al mirarte tan suave y tierna
Cual brisa mañanera.
Como un cálido rayo de sol
Me iluminabas en aquel entonces;
¿Y aquí de nuevo…? para alegrar
Mis ojos, mi ser, mi espíritu;
Hermoso sueño pronuncié muy quedo.
Después de la ternura desbordada
De un saludo placentero,
El curso lento empezó el amor
Cabalgando en la esperanza.
Ya eras más mujer,
Y yo tal vez; más hombre,
Pero cual niños juguetones,
Caminábamos, reíamos y soñábamos.
Nos olvidamos de la muchedumbre,
De lo que no estuviera
Relacionado con nosotros,
Ya solía ser un paraíso la ciudad,
O cualquier otro sitio.
Juntos éramos una oportunidad,
Que el destino había unido,
No sabíamos por cuanto tiempo,
Pero no importaba preguntarlo,
Teníamos que ser felices
Y eso éramos, felices,
Como gacelas en el bosque.
Eros nos guió, hasta envolvernos
En las gasas vaporosas del deseo,
Y rodamos por el paraíso del amor,
Como se mezclan los metales en un crisol,
Un crisol hecho de dos… tú y yo.