Un cielo negro cargado de sueños tristes bajaba de golpe hacia el país de las estrellas malditas anegando a sus gentes de malos presagios, fue así que llegaron al puerto un día los esqueletos perdidos de seis almendros derrotados y caídos. El guardián de cristal, desde la estepa de sal, siempre acecha, unos cuantos hilos de vida que todavía habrían de habitar en ella, y que le harían comprender sin embargo, que su nombre nunca existiría.
Las saetas de la vida se mecen a través de sus ojos extraños, tic se apagaban, tic, se rasgaban; acaso no suspirarías por aliviar la sed de aquel titán, el mar gris de entre los mares grises, el más inmenso mar, el mar más salado y más vacío Pero sintió que ya no estaría y desde entonces viajo sola por un camino recto y estrecho de agonía sádica y me pierdo otra vez, entre dos sendas rojas, chorros de sangre espesa que me bombean y que me aprietan toda para explotar en mil versos de duelo y rota; tac, pero abiertos por una vez también brillaron, tintineaban al compás las lentejuelas vivas del color de luna, pequeños insectos jugueteaban con sus lenguas, hurgando bajo la humedad dulce de mi cuerpo blando y desnudo, me hacen cosquillas, tac, el cielo volaba henchido, siempre hacia arriba, tac, se alejaba con orgullo pues cuántas cosas le desvelarían aquellos rayos de estrella, las malditas, a su oído escucha cómo se acerca el fin de los juegos, el olor de la sangre entre las hojas antes secas que se van pudriendo y pegando ahora unas con otras, tac, merodea sin rumbo una marchita canción lusa, mientras el lobo frágil que vimos desde la estepa marina está viejo, cansado, y aúlla