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Tiempos de final condición

Orfelunio

Poeta veterano en el portal

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Tiempos de final condición



Que se rompa la cuerda.
que se quede rompida;
que te muerda la sombra,
que te deje mordida.

Si creen no vista
la rompida por rota,
un balón que no bota,
no es balón de partida.

Cual imagen de un criso
que en la te más comida,
nos dejó el crucifiso,
al cambiar por la ese
un Jesús de permiso.

Albores en el vulgo tengo…,
y los tengo de pitiminí,
con aromas y sabores
de fresa y pipermín.

La silla vacía,
donde se sentaba él
junto al escritorio de biblia;
y allí escribía, escribía,
escribía diciendo:
“¡Eso es la vida
que galopa cual corcel,
galopando desmedida
en el decurso del ayer!”

¿Dónde se detendrá el deseo
si no hay remontes ni acebos?
Ahora lo explica la cuántica
vocero de todos los hechos.

Terminaron los pasos
escondidos tras el final,
porque los pasos eternos,
son caminos y vasos,
cautivos del ego al querernos
la muerte y su voz virginal.

¡Oh Virgen Oscura!,
que aún no has probado mi cuerpo.
¡Oh vino amargo!,
que guiñas el ojo a todo ser cierto;
que sea pura tu bienvenida,
y que en tu viña quede embriagado
en la señal que es tu hermosura,
cuando vistiendo a la vida,
desnudas de vida a lo muerto
y vistes de largo estampado,
los ayes, dolores guarida,
consuelos de verte temida,
y lejana…, muy lejos tu huerto.

Almas que quedan unidas
rezando por si las moscas,
que piensan que quien se moría
se iba con todo lo puesto.

Allí quedaron las joyas,
los ecos y sus desiertos;
no vieron que la picadura,
no es más que el mordisco
con que muerde el insecto,
y no hay mejor armadura,
que vivir caradura,
y morir insurrecto.

Dicen los padres a sus hijos
que hay que respetar la vida;
a veces son sólo acertijos,
y los hijos, su partida.

Cuentan los hijos que quieren
tener el oro y el moro;
el pobre padre se ofrece
trabajando de ocho hasta ocho.

Lo del moro no se debe,
lo del oro es por mucho,
lo que el niño prueba y bebe
si mamó del cucurucho.

Educándose a mansalva,
educándose en la vida,
unos buscan por la calva
lo que otros guardan en la hucha.

Los ejemplos son metáforas
de calmas y escuchas;
unos ponen bien la palma,
soldados de capucha,
y otros que hacen frente al alba
se preparan a la lucha.

El padre buen ejemplo
trabaja día a día;
gracias padre a tu talento
hoy soy rico de alegría.

Que es mi padre el mayor verso
que escribí sin cobardía,
porque un padre que está dentro
nos ofrece su valía,
como ofrece el buen guerrero
su valor y su osadía.

Sé que me escuchas, padre;
perdóname si no estuve ahí
antes de tu partir
y te cogí la mano;
así lo hubiera querido yo,
porque te fuiste sin un adiós;
y pienso que estás en mí
cuando trabajo y cuando suspiro;
que ya maduro estoy contigo,
y si hay un padre,
ya somos dos para que hablen
porque tu estampa va conmigo.

Nunca hubo un mejor padre
que fuera ejemplo de lo vivo;
pero ¡basta de lamentarme!,
porque tu tiempo es sin motivo,
y haré bien en alegrarme,
que nos veremos en otro sitio;
tú con tu fe, yo con la mía,
recorrer el camino
es lo importante en la vida;
dejar los pasos y huellas,
ser en ella peregrinos,
para contar del universo
una más de sus estrellas.

Aplausos son eco gastado
que deja paso al silencio;
la seriedad carcajada
de un discurso imperfecto.

Se sientan todos atentos,
carraspean gargantas;
suena algún instrumento
que fue la batuta a destiempo
del director de la banda,
que iba de copas aliento
y tropezó con el bombo del ala.

Murmullos en la sala,
silbidos escondidos,
amagos de algarada;
dos sexos se hacen ricos,
se juntan bien sus pagas;
la monja se santigua,
el cura se tapaba,
la amiga es un amigo,
pecado en la casada.

Un niño atrevido
entró en la oscura gala;
redoblando los palillos
dijo sorprendido:
¡Menuda gente, vaya pasada!

Unos con vinos,
patadas bravas;
y yo de niño
de los muy pijos,
quiero los fosos
de sus miradas.

¡Ese niño!, que se vaya…
-dijo una voz pecadora-

Que el niño se quede,
dijo alguna educadora;
que aprenda si puede
que la vida es contrato;
que todo formato se debe,
y no sea alma impostora
que en algún futuro nos duele.

¿Quieres un poco de anís, muchacho?

Sí, sí, anís, mucho anís.

¿Y para la nariz?,
¿quieres algo para la nariz?

Sí, sí, anís, mucho anís,
y si es del mono mejor;
así seré como vosotros,
humanos de educación.

¡Hipócritas de estados!,
¡pocilgas de olor!,
sudores bañados
en sangres de innovación;
herrumbres de modos
maneras y escombros;
modales protocolarios,
escapularios de suelos crueles
que no pierden la ocasión,
de mostrar su naturaleza
podrida y rebelde,
entre función y función.

¡Qué niño tan mono!
-dijo una tal beata-
¡Ven!, acércate a mis montañas…

Si hachís es del moro,
yo del anís lo mejor,
porque un niño tan mono
siempre estornuda en color;
y como dijo el profeta,
yo no iré hasta la teta,
que mi norte es tambor,
señal de las marionetas;
inicio a quien mueve los hilos,
y el mío es uno muy fino
que un dedo maneja;
rincones y plazas, coteja
tiempos de final condición.
 
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