BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Como un martillo separando a golpes
las paredes cavernosas de un glaciar y otro;
o como esos vidrios que endurecen la mirada
y absorben la luminosidad por instantes hasta
las playas oscurecidas de repente.
Como un animal atropellado en la carretera
sus huellas de sangre danzando por el cinc y el cemento.
O como esas aves gigantescas apostadas en los cables
de alta tensión, sin respirar apenas sus azulados pulmones.
Como el roedor infatigable que muere lejos de su patria
de robles, hayedos, cipreses, y altivos arroces y humedales.
Como la piedra que adquiere la tonalidad de un brillo
desacertado, las oscuridades muertas, los sueños destartalados
como viejas cajas de madera y frutas sin resonancia.
Imprecisos, a golpes también, me cortan, serenamente,
los oídos, estos sonidos, estos ligeros movimientos de serpiente,
y que yo vislumbro desde los tejados.
La arenisca que mueve el agua de un lecho,
la masa de tapones contrarios que engrandece mi acequia
y mi océano, la espuma que pretende salvarse, la reliquia
que nombra mi aspecto cansado y lo sume en perplejidades.
Los techos progresivamente más altos y distantes,
las manos que unen sueños en las copas panorámicas de los árboles,
el confuso ardor de un leñador que sabe su materia muerta,
la gris azucena del paraíso inmóvil, el cementerio con sus tapas
vigilantes.
Los difuntos minerales que sobresalen de la tierra clasificada,
los cuarzos, las antracitas, la memoria salvaje de los días con su niebla.
Están golpeando continuamente las contraventanas de mi exilio,
demorando en mi regazo sus utensilios de labranza y excavación.
Dejando un mar de anillos sin permiso y un río de lavas volcánicas.
Los ángeles aplazan su caridad sin brillo, larvas de hombre
arrastrándose tierra abajo.
Las tierras rojas enzarzándose en peleas como un grupo
de mujeres, hasta desaparecerse-.
©
las paredes cavernosas de un glaciar y otro;
o como esos vidrios que endurecen la mirada
y absorben la luminosidad por instantes hasta
las playas oscurecidas de repente.
Como un animal atropellado en la carretera
sus huellas de sangre danzando por el cinc y el cemento.
O como esas aves gigantescas apostadas en los cables
de alta tensión, sin respirar apenas sus azulados pulmones.
Como el roedor infatigable que muere lejos de su patria
de robles, hayedos, cipreses, y altivos arroces y humedales.
Como la piedra que adquiere la tonalidad de un brillo
desacertado, las oscuridades muertas, los sueños destartalados
como viejas cajas de madera y frutas sin resonancia.
Imprecisos, a golpes también, me cortan, serenamente,
los oídos, estos sonidos, estos ligeros movimientos de serpiente,
y que yo vislumbro desde los tejados.
La arenisca que mueve el agua de un lecho,
la masa de tapones contrarios que engrandece mi acequia
y mi océano, la espuma que pretende salvarse, la reliquia
que nombra mi aspecto cansado y lo sume en perplejidades.
Los techos progresivamente más altos y distantes,
las manos que unen sueños en las copas panorámicas de los árboles,
el confuso ardor de un leñador que sabe su materia muerta,
la gris azucena del paraíso inmóvil, el cementerio con sus tapas
vigilantes.
Los difuntos minerales que sobresalen de la tierra clasificada,
los cuarzos, las antracitas, la memoria salvaje de los días con su niebla.
Están golpeando continuamente las contraventanas de mi exilio,
demorando en mi regazo sus utensilios de labranza y excavación.
Dejando un mar de anillos sin permiso y un río de lavas volcánicas.
Los ángeles aplazan su caridad sin brillo, larvas de hombre
arrastrándose tierra abajo.
Las tierras rojas enzarzándose en peleas como un grupo
de mujeres, hasta desaparecerse-.
©