BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
De roturas
de esos ardides lleno
de aquellas bocas que exhalan hambre;
de la desidia de las hojas implantadas
como cera en las iglesias, en los ábsides.
De delirantes profetas embalsamados
de vituperados y ofendidos lógicos sin baúl
de ese centeno impropio que impide
la salutación correcta, el ave del solsticio.
De los músculos, de relámpagos constituido,
por formas, percepciones, hechas masa en su
conjunto; de inmateriales y volátiles
rodajas de naranja, celeste oclusivo,
testigo de albas sin sustancia, verdes.
De aquellos ojos depositarios
la belleza de los pabellones sin ropa
la tarde reprimida en los testículos obsesos
la parda y ocre matinal transformada en sexo convulso
y ese espacio concretado entre vías férreas y robledales.
De los testamentos oblicuos de las hojas mojadas
de los higos curvos que mantienen olvidado el esperma
de los suicidas, y de ese manantial de escapularios
que permanece insensible al deterioro.
O de esas luces, invariables, tensas, cuerdas
de pulmones entre nervios incesantes, y de aquella
sangre
que preconizaba el anuncio vegetal de tus ovarios.
Madre lactante
de avisos previos
de cogniciones inverosímiles
de padres desconocidos
de lumbres en los altares de la ceniza,
cómo, dime, averiguar
su decadente tolvanera en lejanía-.
©
de esos ardides lleno
de aquellas bocas que exhalan hambre;
de la desidia de las hojas implantadas
como cera en las iglesias, en los ábsides.
De delirantes profetas embalsamados
de vituperados y ofendidos lógicos sin baúl
de ese centeno impropio que impide
la salutación correcta, el ave del solsticio.
De los músculos, de relámpagos constituido,
por formas, percepciones, hechas masa en su
conjunto; de inmateriales y volátiles
rodajas de naranja, celeste oclusivo,
testigo de albas sin sustancia, verdes.
De aquellos ojos depositarios
la belleza de los pabellones sin ropa
la tarde reprimida en los testículos obsesos
la parda y ocre matinal transformada en sexo convulso
y ese espacio concretado entre vías férreas y robledales.
De los testamentos oblicuos de las hojas mojadas
de los higos curvos que mantienen olvidado el esperma
de los suicidas, y de ese manantial de escapularios
que permanece insensible al deterioro.
O de esas luces, invariables, tensas, cuerdas
de pulmones entre nervios incesantes, y de aquella
sangre
que preconizaba el anuncio vegetal de tus ovarios.
Madre lactante
de avisos previos
de cogniciones inverosímiles
de padres desconocidos
de lumbres en los altares de la ceniza,
cómo, dime, averiguar
su decadente tolvanera en lejanía-.
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