Finé
La eterna novata
Trampantojo
Parecía un hombre; tenía aspecto de hombre.
Su piel tibia, preservando el cuerpo de tactos incómodos. Su discurso honesto, arrostrando tímido la dificultad severa. Su caminar erguido, anunciando clase con esos pasos sólidos. Su corazón clemente, compasivo, repartiendo amores entre los queridos. Su mente abierta, acogiendo a todos, abrazando fuerte a los que se acercan. Y sus besos francos, sugiriendo eróticos un profundo afecto.
Abrí los ojos: un parpadeo y vi al monstruo.
Con el aliento infecto del que miente intrépido, el caminar fingido del que persigue réditos, los gruñidos toscos del que pierde presas, la sangre fría del que encubre enconos, la mente insana del parásito inútil, el lamer grosero del que pasa hambre.
A punto de confesar mi aprecio, se convirtió en caníbal para invitarme a una merienda.
Abre los ojos.
Parecía un hombre; tenía aspecto de hombre.
Su piel tibia, preservando el cuerpo de tactos incómodos. Su discurso honesto, arrostrando tímido la dificultad severa. Su caminar erguido, anunciando clase con esos pasos sólidos. Su corazón clemente, compasivo, repartiendo amores entre los queridos. Su mente abierta, acogiendo a todos, abrazando fuerte a los que se acercan. Y sus besos francos, sugiriendo eróticos un profundo afecto.
Abrí los ojos: un parpadeo y vi al monstruo.
Con el aliento infecto del que miente intrépido, el caminar fingido del que persigue réditos, los gruñidos toscos del que pierde presas, la sangre fría del que encubre enconos, la mente insana del parásito inútil, el lamer grosero del que pasa hambre.
A punto de confesar mi aprecio, se convirtió en caníbal para invitarme a una merienda.
Abre los ojos.
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