De cirios negros perfumados estaba atestado el velatorio volátil del difunto párroco, ya anciano y con un semblante avinagrado. Vinieron los compañeros en una noche de lluvia oratoria a dar las sagradas condolencias a la santa familia del difunto. Pero mientras estaban abrazándose mutuamente, he aquí que en el ataúd soñoliento de ébano un pataleo goloso de recién nacido cobró vida. No lo notaron hasta que los golpes de campana de la lejana iglesia, anexa al demacrado cementerio de oníricas cruces, dejaron de murmurar. Entonces se acercaron y vieron una flor inmaculada de aroma penetrante que transportó en tránsito de gloria a aquellas gentes que ya intuían el discurrir inmutable del cadáver del cura, el cual en cuerpo y alma había traspasado las barreras del sempiterno más allá.