charlie ía
tru váyolens
para mis detractores.
se asombran
cuando abro la boca
para hablar de poesía.
quién es el carnicero, se preguntan,
con esa nariz
quebrada y retorcida
como la de un boxeador.
miren allí, vociferan,
esas greñas
que le cubren el cuello
y esa parsimonia, iguales
que las de un oso asustado.
los curiosos entre ustedes
así como los más imprudentes
se acercarán en silencio
a escudriñar mis oídos.
por las miradas prolijas
que se arrojan el uno al otro
observo que han concluido
degeneración,
o algo peor.
ah, mis detractores:
una profesión dura
ésta que he elegido.
necesito de toda mi fuerza
y si mi mirada acojona,
entre más lo haga: mejor.
así tengo
más espacio para mí mismo
para el Silencio
y para los poemas que reúno
con una ternura
que nunca podrán imaginar
o intuir.
suzanne.
levanto la vista
del libro que estoy
hojeando
amodorrado bajo el sol.
cuando el viento se agita
me siento uno
con las manzanas
que se maduran sobre las ramas negras.
pienso en suzanne
(un nombre absurdo para una tipa
media judía, media rusa)
que ha hecho el viaje de vuelta
hacia moscú.
y antes de aquello,
que me ha amado por ser
el ícaro dilapidado
que había sido.
que me ha dado
a ibsen y a shaw.
le debo
además de un simple agradecimiento,
mi noción
de la poesía
como cordura visceral.
sus mejillas
eran rojas como esas manzanas.
antiromántico.
te fuiste a mear detrás de aquel arbusto.
¡imaginate a wordsworth diciendo eso!
¿acerca de la tal lucy? ¿o a robert bridges
acerca de su queridita?
los poetas son unos malos mentirosos.
que se jodan, ellos y todos sus admiradores.
las estrellas, la luna, por toda su charlatanería:
los coños no son siempre tan limpios.
sí, y tienen sólidos intereses
en pájaros lacrimosos; en las nubes. en la niebla.
¿era la belle dame sans merci una mierda?
keats no lo dice en lugar alguno.
pero lean en el libro de versos de oxford
a quien putas sea, y maldigan:
pensamientos de segunda, debilidad, lloriqueos. plañidos
y sentimentalismos blandos.
vos, amor. gorda, culona: measte.
el olor era el del heno recién cortado;
la inundación vino a mí con alegría pardusca.
¡oh, cataratas de la tierra! ¡oh, luz!
se asombran
cuando abro la boca
para hablar de poesía.
quién es el carnicero, se preguntan,
con esa nariz
quebrada y retorcida
como la de un boxeador.
miren allí, vociferan,
esas greñas
que le cubren el cuello
y esa parsimonia, iguales
que las de un oso asustado.
los curiosos entre ustedes
así como los más imprudentes
se acercarán en silencio
a escudriñar mis oídos.
por las miradas prolijas
que se arrojan el uno al otro
observo que han concluido
degeneración,
o algo peor.
ah, mis detractores:
una profesión dura
ésta que he elegido.
necesito de toda mi fuerza
y si mi mirada acojona,
entre más lo haga: mejor.
así tengo
más espacio para mí mismo
para el Silencio
y para los poemas que reúno
con una ternura
que nunca podrán imaginar
o intuir.
suzanne.
levanto la vista
del libro que estoy
hojeando
amodorrado bajo el sol.
cuando el viento se agita
me siento uno
con las manzanas
que se maduran sobre las ramas negras.
pienso en suzanne
(un nombre absurdo para una tipa
media judía, media rusa)
que ha hecho el viaje de vuelta
hacia moscú.
y antes de aquello,
que me ha amado por ser
el ícaro dilapidado
que había sido.
que me ha dado
a ibsen y a shaw.
le debo
además de un simple agradecimiento,
mi noción
de la poesía
como cordura visceral.
sus mejillas
eran rojas como esas manzanas.
antiromántico.
te fuiste a mear detrás de aquel arbusto.
¡imaginate a wordsworth diciendo eso!
¿acerca de la tal lucy? ¿o a robert bridges
acerca de su queridita?
los poetas son unos malos mentirosos.
que se jodan, ellos y todos sus admiradores.
las estrellas, la luna, por toda su charlatanería:
los coños no son siempre tan limpios.
sí, y tienen sólidos intereses
en pájaros lacrimosos; en las nubes. en la niebla.
¿era la belle dame sans merci una mierda?
keats no lo dice en lugar alguno.
pero lean en el libro de versos de oxford
a quien putas sea, y maldigan:
pensamientos de segunda, debilidad, lloriqueos. plañidos
y sentimentalismos blandos.
vos, amor. gorda, culona: measte.
el olor era el del heno recién cortado;
la inundación vino a mí con alegría pardusca.
¡oh, cataratas de la tierra! ¡oh, luz!