Ayax
Poeta que considera el portal su segunda casa
El momento a la dicha se apresura;
la tarde se diluye en la ventana;
efluvios de ansiedad, marfil y grana,
tu blusa abierta emana con dulzura.
En la piel la pasión está madura:
un jarrón con violetas engalana
la alcoba do tu boca de manzana,
sensual rictus, dibuja con soltura.
El ave pudorosa de tu blusa,
al fin, haces caer sobre la alfombra;
tu pelo medio cubre con su sombra
los halos que, en la suave luz difusa,
a tus gratas campánulas de musa,
coronan de matiz rubí que asombra.
Sonríes y hacia mí vuelves la espalda.
Liberas el botón de tu cintura,
resbalas por tus muslos, sin premura,
el cielo sorprendido de tu falda.
Volteas y tus ojos de esmeralda,
espléndidos de erótica ternura,
contrastan con la púrpura hermosura
que circunda, a manera de guirnalda,
las cúspides divinas que relumbran
cual joyas en tus cuencos de Pandora:
soberbias cimas, de gentil señora,
capullos que la calma me deslumbran
cuando, ya, otros primores se vislumbran
y, al fin, tu desnudez total aflora.
Despacio te deslizas en la cama;
tu cuerpo alabastrino y oferente
ondula con encanto de serpiente
que carne y pensamiento torna llama.
Hierática pasión que nos reclama
me lleva a iniciar desde tu frente
exquisito periplo descendente
hacia tu sacro símbolo de dama.
Susurras, palpitante, a mi contacto;
tu espacio femenil se abre a mis besos:
me pides que en la piel te deje impresos
los pasos de mis labios y mi tacto,
preludio del sublime y febril acto
que vuelve deliciosos los excesos.
la tarde se diluye en la ventana;
efluvios de ansiedad, marfil y grana,
tu blusa abierta emana con dulzura.
En la piel la pasión está madura:
un jarrón con violetas engalana
la alcoba do tu boca de manzana,
sensual rictus, dibuja con soltura.
El ave pudorosa de tu blusa,
al fin, haces caer sobre la alfombra;
tu pelo medio cubre con su sombra
los halos que, en la suave luz difusa,
a tus gratas campánulas de musa,
coronan de matiz rubí que asombra.
Sonríes y hacia mí vuelves la espalda.
Liberas el botón de tu cintura,
resbalas por tus muslos, sin premura,
el cielo sorprendido de tu falda.
Volteas y tus ojos de esmeralda,
espléndidos de erótica ternura,
contrastan con la púrpura hermosura
que circunda, a manera de guirnalda,
las cúspides divinas que relumbran
cual joyas en tus cuencos de Pandora:
soberbias cimas, de gentil señora,
capullos que la calma me deslumbran
cuando, ya, otros primores se vislumbran
y, al fin, tu desnudez total aflora.
Despacio te deslizas en la cama;
tu cuerpo alabastrino y oferente
ondula con encanto de serpiente
que carne y pensamiento torna llama.
Hierática pasión que nos reclama
me lleva a iniciar desde tu frente
exquisito periplo descendente
hacia tu sacro símbolo de dama.
Susurras, palpitante, a mi contacto;
tu espacio femenil se abre a mis besos:
me pides que en la piel te deje impresos
los pasos de mis labios y mi tacto,
preludio del sublime y febril acto
que vuelve deliciosos los excesos.
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