Littera
Poeta asiduo al portal
I
Disparome a traición el niño alado
cuando del fiel Genil en la ancha orilla
una mañana vi su piel rosilla
flecha de un tono de sutil dorado.
Fue el pecho por sus ojos atrapado
y aquestos por aquel, que hermoso brilla
como en toda la mítica Castilla
no ni el más por los dioses deseado.
La mano al curso le tendí del río,
haciendo de la suya el suave roce
al corazón caricia indescriptible;
y así, en el seno ardiente del estío,
de cada voz, de cada instante un goce,
amantes nos halló la alondra audible.
II
Un labio y otro al fuego fatigaron
mientras bajar por su crüel cintura
a las puertas llamar de la locura
fuera para los dedos que lo osaron.
Quizá las lentas horas se cansaron,
mas ni su cuerpo, suma de dulzura
en matrimonio con gentil tersura,
ni el mío de su empeño se apartaron.
No alguna vez el cráter furo ha ardido
cual al punto lo hicieron mis arterias;
nunca mecha ha en barreno producido
cuanto en mí de su boca las materias;
jamás tirano o rey reconocido
supo, por ignorarla, sus miserias.
III
En la pasión de tales pensamientos
su cortina entoldó la negra noche,
arrancando con ello, cual desmoche,
de la mente los lúbricos acentos.
Do en los otrora azules firmamentos
de estrellas fúlgidas hubiese un broche
volaba ahora astuto el alimoche
inundando la vista de tormentos.
Do en la ribera solitaria ella
paliase la aspereza del camino
sólo restaban signos de zarzales:
entendí, pues, buscando en mí su huella
y al divorcio del caso bizantino
que originan los bienes nuestros males.
Disparome a traición el niño alado
cuando del fiel Genil en la ancha orilla
una mañana vi su piel rosilla
flecha de un tono de sutil dorado.
Fue el pecho por sus ojos atrapado
y aquestos por aquel, que hermoso brilla
como en toda la mítica Castilla
no ni el más por los dioses deseado.
La mano al curso le tendí del río,
haciendo de la suya el suave roce
al corazón caricia indescriptible;
y así, en el seno ardiente del estío,
de cada voz, de cada instante un goce,
amantes nos halló la alondra audible.
II
Un labio y otro al fuego fatigaron
mientras bajar por su crüel cintura
a las puertas llamar de la locura
fuera para los dedos que lo osaron.
Quizá las lentas horas se cansaron,
mas ni su cuerpo, suma de dulzura
en matrimonio con gentil tersura,
ni el mío de su empeño se apartaron.
No alguna vez el cráter furo ha ardido
cual al punto lo hicieron mis arterias;
nunca mecha ha en barreno producido
cuanto en mí de su boca las materias;
jamás tirano o rey reconocido
supo, por ignorarla, sus miserias.
III
En la pasión de tales pensamientos
su cortina entoldó la negra noche,
arrancando con ello, cual desmoche,
de la mente los lúbricos acentos.
Do en los otrora azules firmamentos
de estrellas fúlgidas hubiese un broche
volaba ahora astuto el alimoche
inundando la vista de tormentos.
Do en la ribera solitaria ella
paliase la aspereza del camino
sólo restaban signos de zarzales:
entendí, pues, buscando en mí su huella
y al divorcio del caso bizantino
que originan los bienes nuestros males.