David Martinez Vilches
Amigo de la Poesía Clásica
Las lágrimas abarcan
sus mejillas repletas de silencio,
sus ojos como arena
que viaja en la tormenta del desierto.
El corazón ausente
que ya no está en el centro;
solo quedan las agrias puñaladas
que aún hunden su pecho.
Ya no pasa la vida
entre sus pensamientos...;
y no pasa la nada,
tampoco pasa el tiempo.
¡Qué triste Dios! ¡Qué triste!
¿Cómo puedes dejarle solo en esto?
¿Cómo has de permitirle en su morada
tamaño sufrimiento?
¿No le miras la angustia?
¿Tampoco miras su morir tan lento
que se refleja en esos hondos ojos
que no ofrecen reflejo?
Consumiendo su vida
por los suspiros desde sus adentros.
sus mejillas repletas de silencio,
sus ojos como arena
que viaja en la tormenta del desierto.
El corazón ausente
que ya no está en el centro;
solo quedan las agrias puñaladas
que aún hunden su pecho.
Ya no pasa la vida
entre sus pensamientos...;
y no pasa la nada,
tampoco pasa el tiempo.
¡Qué triste Dios! ¡Qué triste!
¿Cómo puedes dejarle solo en esto?
¿Cómo has de permitirle en su morada
tamaño sufrimiento?
¿No le miras la angustia?
¿Tampoco miras su morir tan lento
que se refleja en esos hondos ojos
que no ofrecen reflejo?
Consumiendo su vida
por los suspiros desde sus adentros.