Solaribus
Poeta veterano en el portal
He dejado ya de buscar los cielos:
la oscuridad me ha abandonado para siempre.
Y es que visito a menudo el lugar
donde aún somos niños
y aquella lluvia nuestra
continúa, tenue,
lamiendo las veredas.
De todos los colores,
de todos los perfumes,
de todas las canciones,
de todos los sabores,
y de todas las texturas
me he quedado con tus ojos
de naciente primavera
y paciente de sueños
he adquirido el oficio de regar,
cada mañana,
el rosal de tus manos
y el almácigo de tus piernas.
He preferido quedarme a
podar de vez en cuando las estrellas
que van cayendo como
abono de las ansias,
ígneos deseos de la piel
a medianoche,
alimento sanguíneo
en forma de soles que caen,
como besos que queman,
como torbellinos de luz
sobre los cuerpos
que aceleran el pulso
y los suspiros.
Y como si fuera una música
en inquietas moléculas de
azul, esparcida,
convierten el gemido en un
canto de gramilla que es casi
una plegaria,
como el aroma que se eleva
desde la tierra mojada.
Es entonces que esta
mágica arcilla que es la carne,
bendecida de la pasión y
de las lágrimas
de repente se transforma en
todo el oxígeno que ventila
y que nutre,
que aglutina y vivifica,
que me inunda y da la savia.
Tus pechos entre mis manos
son tan sólo palomas,
dos palomas blancas
que desatan un ruido de alas,
un murmullo de plumas
ante mi mirada enamorada.
Y la vocación de mis labios
son estas azucenas de alba,
inmaculadas.
Para ti todo es posible ser
cuando estás entre mis brazos
y soy un lago en el que
te bañas desnuda de miedos,
con jabón de corales
y aceites de infinitas células diamantadas
y resinas del alma.
Por eso sé que nada
está donde estaba desde
que has vuelto,
o mejor dicho,
todo ha regresado al sitio
en donde había nacido.
A las primeras flores,
los primeros destinos,
a las primeras hamacas,
al primer jardín reverdecido.
Y a medio camino de la muerte
he empezado a resignificar
todas las cosas
en tu voz de trigal meciéndose
en el viento,
en la seda de tu espalda,
y en tu vientre de
almendras y manzanas.
La vida entera
pasa por el aura de tu rostro
entre el dorado sol de tus cabellos
y el carmesí de tus labios,
entre el brocal de tu inocencia de niña
y la plenitud de tu jardín a media tarde
¡Y contagiado de ti,
somos como luces que iluminan
al resto de las almas..!