Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Un amor singular nos envolvió aquella tarde,
como si el tiempo hubiera olvidado su prisa,
y las palabras se tejieran en silencios compartidos,
mientras los relojes enloquecían en la pared.
Tus ojos eran un universo paralelo,
donde cada parpadeo era una nueva constelación,
y en tus labios, el abismo del deseo
se abría, invitándome a perderme sin regreso.
Nos amamos sin fórmulas ni certezas,
inventando un idioma de caricias y miradas,
burlando las reglas del amor conocido,
danzando al borde de lo imposible.
Era un amor singular,
como un cuento leído al revés,
donde los finales felices no eran necesarios,
y cada instante era una eternidad suspendida.
Tus manos dibujaban mapas en mi piel,
explorando territorios inexplorados,
y en cada suspiro encontrábamos
la poesía escondida en los rincones del alma.
Nos amamos con la urgencia de los sueños,
con la pasión de los amantes furtivos,
sin promesas ni ataduras,
solo con el fervor de lo efímero.
Un amor singular nos envolvió aquella tarde,
y en el laberinto de nuestras almas,
dejamos huellas imborrables,
destinadas a perderse en la memoria.
como si el tiempo hubiera olvidado su prisa,
y las palabras se tejieran en silencios compartidos,
mientras los relojes enloquecían en la pared.
Tus ojos eran un universo paralelo,
donde cada parpadeo era una nueva constelación,
y en tus labios, el abismo del deseo
se abría, invitándome a perderme sin regreso.
Nos amamos sin fórmulas ni certezas,
inventando un idioma de caricias y miradas,
burlando las reglas del amor conocido,
danzando al borde de lo imposible.
Era un amor singular,
como un cuento leído al revés,
donde los finales felices no eran necesarios,
y cada instante era una eternidad suspendida.
Tus manos dibujaban mapas en mi piel,
explorando territorios inexplorados,
y en cada suspiro encontrábamos
la poesía escondida en los rincones del alma.
Nos amamos con la urgencia de los sueños,
con la pasión de los amantes furtivos,
sin promesas ni ataduras,
solo con el fervor de lo efímero.
Un amor singular nos envolvió aquella tarde,
y en el laberinto de nuestras almas,
dejamos huellas imborrables,
destinadas a perderse en la memoria.