susodicho
Poeta recién llegado
La estupidez humana es omnipresente, hace de las suyas hasta en los reductos destinados a las necesidades fisiológicas, cuando allí los ostentosos del poder y de la fortuna, creen defecar con aires de distinción.
Desde los tiempos cuando los reyes, antes que nadie, dispusieran del Walter closet hasta el presente con los nuevos ricos, el oro brilla en los sanitarios lujosos. El afán, en estos casos, es el de lucir suntuosos inodoros que pudieran oficiar de tronos donde ubicarse, sentado cada cual que presuma de aristocrático, con la pretensión de defecar “de un modo distinguido, diferente al bizarro de los plebeyos” dirían ufanos.
Esta vanagloria recuerda a la del niño cuando, librado ya de los pañales, exhibe triunfante su caca en la pelela.
En mi caso, evacuo al solo efecto de mover el vientre, a tiempo para evitarle a mis entrañas reventar como una piñata. Debo reconocer, eso sí, cierta solemnidad a la que obliga este acto de extrema y necesaria privacidad, no exento de recogimiento ni de fugaz reflexión filosófica, a pesar de su carácter escatológico. Así es como suelen presentarse, para su análisis, temas importantes que merecen una sesuda atención, aunque ligera, con el defecador sentado y con la mente abstraída, semejante su postura, a la de la estatua del Pensador, de Rodin, salvando la distancia con aquél de cuyo valor estético carece nuestra íntima pose defecatoria.
Pero además, junto a la divagación que inspira ese momento, es posible un gozo adicional a consecuencia de la dilatación de los esfínteres.
Suena incorrecta ésta confesión, ciertamente de mal gusto.
Sin embargo debiera admitirse ese natural disfrute, a menos que nos afecten duros atascamientos en el extremo sensible de nuestro cuerpo. Este deleite, asumido como tal, no puede tomárselo como el de una velada inclinación homosexual. Quién lo suponga así, puede ser que participe de la confusión existente acerca de tan controvertido asunto. También y absoluta validez, puede que se trate de alguien con afinidad y ejercicio pleno de su derecho a la identidad sexual que se le antoje. La diversidad en este campo es de múltiples géneros y conductas. Hay para elegir.
No obstante en lo personal, sin reprobar la homosexualidad, suele fastidiarme la exagerada promoción y fanatismo de esa condición privada, íntima, so pretexto de defender la igualdad de derechos, los cuales son irrebatibles. En aras de preservarlos no creo necesario de los homosexuales que se comporten con idéntica discriminación al subestimar a los heterosexuales que no estén dispuestos a relativizarse como tales, dando como posible que cualquiera puede variar de preferencia sexual, si fuera preciso. Este es un prejuicio que se vincula y mucho a la controversia sobre lo normal o anormal de una y de otra de esas condiciones. La discusión no parece tenga fin.
En suma, sin oropeles ni pudores, como tampoco de complejos traumáticos ni de prejuicios sensoriales, yo arrojo mis deshechos a las cloacas al tiempo que procuro un momento placentero, sin vanas ostentaciones ni dudas sobre mi masculinidad, la que ratifico son orgullo.
Son muchas y más dramáticas otras intrigas que acechan al mundo, como para preocuparse por tan liviana disquisición.
Rene Bacco
Desde los tiempos cuando los reyes, antes que nadie, dispusieran del Walter closet hasta el presente con los nuevos ricos, el oro brilla en los sanitarios lujosos. El afán, en estos casos, es el de lucir suntuosos inodoros que pudieran oficiar de tronos donde ubicarse, sentado cada cual que presuma de aristocrático, con la pretensión de defecar “de un modo distinguido, diferente al bizarro de los plebeyos” dirían ufanos.
Esta vanagloria recuerda a la del niño cuando, librado ya de los pañales, exhibe triunfante su caca en la pelela.
En mi caso, evacuo al solo efecto de mover el vientre, a tiempo para evitarle a mis entrañas reventar como una piñata. Debo reconocer, eso sí, cierta solemnidad a la que obliga este acto de extrema y necesaria privacidad, no exento de recogimiento ni de fugaz reflexión filosófica, a pesar de su carácter escatológico. Así es como suelen presentarse, para su análisis, temas importantes que merecen una sesuda atención, aunque ligera, con el defecador sentado y con la mente abstraída, semejante su postura, a la de la estatua del Pensador, de Rodin, salvando la distancia con aquél de cuyo valor estético carece nuestra íntima pose defecatoria.
Pero además, junto a la divagación que inspira ese momento, es posible un gozo adicional a consecuencia de la dilatación de los esfínteres.
Suena incorrecta ésta confesión, ciertamente de mal gusto.
Sin embargo debiera admitirse ese natural disfrute, a menos que nos afecten duros atascamientos en el extremo sensible de nuestro cuerpo. Este deleite, asumido como tal, no puede tomárselo como el de una velada inclinación homosexual. Quién lo suponga así, puede ser que participe de la confusión existente acerca de tan controvertido asunto. También y absoluta validez, puede que se trate de alguien con afinidad y ejercicio pleno de su derecho a la identidad sexual que se le antoje. La diversidad en este campo es de múltiples géneros y conductas. Hay para elegir.
No obstante en lo personal, sin reprobar la homosexualidad, suele fastidiarme la exagerada promoción y fanatismo de esa condición privada, íntima, so pretexto de defender la igualdad de derechos, los cuales son irrebatibles. En aras de preservarlos no creo necesario de los homosexuales que se comporten con idéntica discriminación al subestimar a los heterosexuales que no estén dispuestos a relativizarse como tales, dando como posible que cualquiera puede variar de preferencia sexual, si fuera preciso. Este es un prejuicio que se vincula y mucho a la controversia sobre lo normal o anormal de una y de otra de esas condiciones. La discusión no parece tenga fin.
En suma, sin oropeles ni pudores, como tampoco de complejos traumáticos ni de prejuicios sensoriales, yo arrojo mis deshechos a las cloacas al tiempo que procuro un momento placentero, sin vanas ostentaciones ni dudas sobre mi masculinidad, la que ratifico son orgullo.
Son muchas y más dramáticas otras intrigas que acechan al mundo, como para preocuparse por tan liviana disquisición.
Rene Bacco
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